
¿Se puede heredar un trauma?
¿Se puede heredar un trauma? La respuesta científica tiene matices. “No es como un jarrón que vaya pasando intacto de generación en generación”, explica Alicia Álvarez García, profesora colaboradora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC. Lo que se puede transmitir no es necesariamente el trauma como tal, sino una mayor susceptibilidad a desarrollar un trastorno de estrés postraumático (TEPT), respuestas aprendidas o dinámicas familiares y sociales marcadas por hechos traumáticos no elaborados.
El trauma transgeneracional ha ganado interés a partir de estudios sobre descendientes de supervivientes del Holocausto y de víctimas de genocidios, guerras o poblaciones desplazadas. La literatura científica reciente apunta a una combinación de mecanismos psicológicos, familiares, sociales y biológicos. Entre estos últimos, la epigenética ocupa un lugar central: no modifica el ADN, pero sí puede influir en la forma en que se expresan los genes.
Un estudio publicado por investigadoras de Estados Unidos y Jordania en Scientific Reports en 2025, con tres generaciones de refugiados sirios expuestos a la violencia de la guerra, analizó firmas de metilación del ADN (una forma de regulación epigenética) asociadas a esta exposición.
Trauma individual y trauma social no son lo mismo
Álvarez, también autora del libro sobre el trauma ¿Cuánto pesa tú mochila? (Arpa Editores), propone distinguir entre dos planes. Por un lado, existe el trauma individual o relacional: una persona que ha vivido una situación extrema —un campo de concentración, una guerra, violencia familiar o abusos— y que desarrolla un TEPT. En estos casos, las generaciones posteriores pueden heredar no la enfermedad, sino una vulnerabilidad: una mayor probabilidad de responder de forma traumática ante determinados acontecimientos.
Por otro lado, existe el trauma social, que afecta a grupos extensos o países enteros. “El trauma social hablaría de estos cambios en el ámbito social que se transmiten de generación en generación dado que toda la población ha vivido un mismo hecho potencialmente traumático que ha modificado la forma de comportarse”, señala la experta. En este caso, no se transmite una patología individual, sino una forma colectiva de recordar, callar, reaccionar o interpretar el conflicto.
Este marco permite analizar la impronta de la Guerra Civil y el franquismo en el Estado español. El llamado guerracivilismo no sería una herencia directa de un trastorno individual, sino una forma de trauma social o de memoria colectiva no resuelta. Algunos estudios han analizado precisamente cómo la Guerra Civil fue reformulada como trauma cultural durante la Transición, una lectura que ayudó a explicar tanto el miedo a la repetición del conflicto como el llamado pacto del olvido.
La experta de la UOC añade que, en el Estado español, muchas formas actuales de funcionamiento social y político siguen vinculadas a la Guerra Civil y al franquismo. Cuando estos procesos se enquistan, pueden acabar formando parte de la identidad de un país. Por eso cuesta tanto revertirlos.
Álvarez cita también a Alemania y Chile como ejemplos de países en los que determinados acontecimientos históricos siguen marcando las dinámicas políticas, sociales e identitarias.
Epigenética, amígdala y aprendizaje vicario
Uno de los campos que más ha renovado el debate es la epigenética. “No es que el trauma cambie la genética, sino que cambia la epigenética”, resume Álvarez. El trauma no reescribe el ADN, pero puede influir en mecanismos que regulan la expresión de los genes (epigenética), especialmente en sistemas vinculados al estrés y alerta. Un artículo de 2024 sobre mecanismos epigenéticos en TEPT resume el estado de la cuestión de este campo emergente.
La experta recuerda que algunos estudios han demostrado la transmisión de efectos durante un máximo de tres generaciones de ratones. Aunque en humanos el terreno es más complejo, una investigación llevada a cabo en Estados Unidos demuestra que se han encontrado indicios en víctimas del Holocausto. Sin embargo, una revisión crítica de 2024 realizada en Taiwán sobre la herencia epigenética transgeneracional advierte que sigue siendo un campo controvertido, especialmente cuando se extrapolan a las personas los mecanismos observados en animales.
Un ejemplo divulgativo es la amígdala, una estructura cerebral clave en la detección de amenazas. Álvarez la compara con una “alarma contra incendios”. Si el tamaño o el funcionamiento de la amígdala están alterados, una persona puede ser más sensible a estímulos amenazadores, detectar peligro allá donde el resto de personas perciben neutralidad o reaccionar más fácilmente ante situaciones ambiguas. Un estudio de 2025 sobre el maltrato infantil materno, el desarrollo de la amígdala y la ansiedad en la descendencia explora la posible relación entre las experiencias adversas de una generación y el desarrollo cerebral de la siguiente.
La transmisión, sin embargo, no siempre es biológica. Álvarez introduce una distinción temporal clave: si el trauma se produce antes de la reproducción y no se trata, puede haber mayor probabilidad de efectos biológicos o epigenéticos en la descendencia. Si se produce después, lo que se va a transmitir será más probablemente conductual: miedo, evitación, alerta o respuestas aprendidas por los hijos.
Es el aprendizaje vicario: si una madre desarrolla una fobia o una conducta de evitación después de una experiencia traumática, sus hijos pueden aprender esta forma de funcionar. En este caso, no heredan el trauma en sentido biológico, sino una respuesta basada en el trauma del adulto. La diferencia es fundamental para no convertir el trauma transgeneracional en una etiqueta que lo explique todo.
La vulnerabilidad no equivale a destino. Dos personas pueden vivir el mismo evento y no desarrollar el mismo daño psicológico. En ellos influyen la historia previa, el entorno, las estrategias de afrontamiento, el apoyo social y el acceso a atención especializada. El hecho de saber que existe una susceptibilidad puede servir para prevenir: cuidarse más, reforzar las redes de apoyo y pedir ayuda antes de que la respuesta traumática se cronifique.
Cuando las respuestas adaptativas se convierten en disfuncionales
El trauma no comienza como una reacción absurda. Muchas respuestas traumáticas surgen como mecanismos de supervivencia (hiperalerta, evitación, vigilancia constante o reacciones intensas frente a determinados estímulos), y pueden ser adaptativas frente a una amenaza real. El problema aparece cuando perduran en el tiempo, aunque el peligro haya desaparecido.
“El punto del trastorno de estrés postraumático es que las respuestas que en su día fueron adaptativas —es decir, los esfuerzos del cerebro por integrar un acontecimiento anormal recién vivido–, si perduran en el tiempo, se convierten en desadaptativas y acaban siendo disfuncional”, explica Álvarez. Ésta es una de las claves para entender por qué el TEPT se puede cronificar.
La buena noticia es que el trauma individual puede tratarse. “En general, todo es tratable”, sostiene la experta. Si hay trauma y la persona accede a terapia con un psicólogo especialista, se puede elaborar y reducir su impacto. En el plano colectivo, la reversión es más compleja: las sociedades no se abordan en consulta y los traumas históricos se entrelazan con la memoria, la política, la justicia, la identidad y el relato público.
La era digital añade otro frente. Álvarez se muestra clara: la inteligencia artificial (IA) y las nuevas tecnologías pueden generar revictimización. Que produzcan trauma dependerá de la exposición, intensidad, repetición y vulnerabilidad de cada uno. Recuerda su experiencia en la atención psicológica después de los atentados de las Ramblas de Barcelona en 2017: no sólo necesitaron ayuda a las personas que estaban presentes, sino también a otras personas expuestas a los hechos a través de los medios y las pantallas. La repetición de imágenes puede desencadenar respuestas de estrés agudo y, en algunos casos, evolucionar hacia síntomas postraumáticos.
Con la inteligencia artificial, el problema se amplifica. Imágenes falsas, pero verosímiles, hipertrucajes (deepfakes), recreaciones violentas, suplantación de víctimas o contenidos humillantes pueden convertirse en nuevas formas de mal psicológico. A esto se suma la situación de los moderadores de contenido, expuestos reiteradamente a asesinatos, abusos, suicidios o violencia extrema. Un estudio de 2025 sobre la salud mental de moderadores analizó el malestar psicológico y el trauma secundario en estos trabajadores.
Álvarez lo sitúa dentro de un concepto ya conocido: la traumatización secundaria. No hace falta haber sufrido directamente un hecho violento para desarrollar síntomas: también pueden aparecer en profesiones expuestas de forma constante en el sufrimiento ajeno, como sanitarios, equipos de emergencia, periodistas, psicólogos, trabajadores humanitarios o moderadores de internet.
En conclusión, el trauma no se hereda como una maldición familiar, ni puede explicarlo todo, pero ciertas experiencias extremas pueden dejar huella en el cuerpo, en la conducta y en la memoria colectiva. El hecho de reconocer estas marcas permite tratarlas y evitar que sigan organizando la vida de quienes no vivieron directamente el mal original.
(Artículo de Marga Zambrana y Anna Sánchez-Juárez, de la UOC)