
¿Qué habría escrito Montserrat Roig sobre el mundo de hoy?

Cultura
Maria Àngels Viladot
El rostro de Montserrat Roig sigue siendo el de una mujer de cuarenta y cinco años. Las fotografías no saben nada de los ochenta que habría cumplido este 13 de junio. Me cuesta imaginarla vieja. No porque la vejez tuviera que salirle mal, sino porque la muerte fijó para siempre una imagen que el pensamiento se empeña en preservar: los ojos vivos, la melena castaña y aquella expresión entre irónica e inquisitiva de quien parece dispuesta a cuestionar todas las certezas.
Solo nos separaban cinco años. Ella nació en 1946; yo, en 1951. Pertenecíamos casi a la misma generación. Crecimos bajo la sombra alargada del franquismoen una Barcelona marcada por las heridas de la posguerra y por las esperanzas de que más tarde despertaría la democracia. Pero hay un punto en el que nuestros caminos se bifurcan: yo he vivido el tiempo que le faltó a ella. He continuado caminando. He asistido a transformaciones que no podía ni imaginar. Por eso, cuando releo sus libros, no reencuentro sólo una gran escritora, sino una contemporánea a la que la muerte impidió contemplar el mundo que yo sí he llegado a ver.
Montserrat Roig estudió, escribió y se comprometió por combatir una dictadura que, por definición, perseguía las libertades y la disidencia. En nuestro caso, el absolutismo sumó a la represión política la prohibición de la lengua catalana. Ella, como yo, como muchas de nosotros, vivió en un país donde el catalán sobrevivía en las casas, en las conversaciones familiares y en los libros que pasaban a hurtadillas de mano en mano. Formaba parte de un elenco de mujeres que entendieron que escribir era también resistir. Cómo Maria Aurèlia Capmany, Teresa Pàmies, Maria Mercè Marçal, Maria Antònia Oliver o Isabel-Clara Simónconvirtió la literatura en un espacio de memoria, de compromiso y de libertad.
Pero las etiquetas -antifranquista, feminista, catalanista- no explican del todo quién era. Lo que la distinguía era la curiosidad insobornable: la capacidad de desconfiar de los relatos oficiales y de escuchar a aquellos que quedaban en los márgenes. Esta mirada recorre toda su obra. En Ramona, adiós y El tiempo de las cerezas resuenan la memoria familiar, la historia de Barcelona y las contradicciones de un país que intenta reinventarse. En La hora violetauna de las novelas fundamentales del feminismo catalán, las mujeres dejan de ser figuras secundarias para ocupar el centro de la narración. Y en Los catalanes en los campos nazis rescata las voces de los deportados olvidados y convierte a la memoria en una exigencia moral. Para Roig, recordar no era mirar atrás con nostalgia: era una forma de hacer justicia.
Cuando murió, en 1991, el mundo parecía entrar en una nueva etapa. La Guerra Fría se terminaba, la Unión Soviética se derrumbaba y Europa se preparaba para una arquitectura política inédita. Barcelona ultimaba los preparativos de los Juegos Olímpicos. Muchos creían que empezaba una era de progreso y estabilidad. Pero la historia es más tozuda de lo que imaginamos.
Desde entonces han pasado treinta y cinco años. He visto terminar un siglo y empezar otro. He visto internet transformar la forma de leer, de escribir, de informarnos y de relacionarnos. He vivido el horror de una pandemia global. He visto volver la guerra al corazón de Europa y, a la vez, y cómo volvía a extenderse por Gaza y por un Oriente Medio atrapado, una vez más, en la espiral de la violencia. Condenado a una devastación que parece perpetúa. Y he visto el miedo convertirse en argumento político. ¿Qué habría pensado, qué habría dicho, Montserrat Roig, de ese tiempo acelerado, de ese tiempo que nos sacude a la intemperie de la incertidumbre? De un mundo en el que la información circula sin descanso, pero el pasado se desvanece como si no hubiera existido. No es que no queramos perderlo de vista. Es que, recordando, podemos evitar caer dos veces en el mismo agujero.
¿Qué habría pensado de unas redes sociales que han convertido el libre albedrío de la opinión en una disputa permanente? ¿De unas tecnologías capaces de multiplicar el conocimiento y, al mismo tiempo, ampliar los riesgos de manipulación, tergiversación, dependencia y concentración del poder? Seguramente no habría aceptado nada acríticamente. Habría hecho lo que hacía tan bien: formular preguntas incómodas. Incomodar. Señalar con el dedo, con nombres y apellidos, perversión y engaño. Y este combate intelectual no contradice en absoluto el espíritu constructivo y optimista que ponía al servicio de los demás. Porque soy del parecer que elidealismo nos permite pensar y apelar a un mundo mejor: con constancia, perseverancia, día a día.
¿Qué habría escrito sobre Ucrania, Gaza o los nuevos conflictos que sacuden al mundo? ¿Sobre las migraciones y las fronteras? ¿Sobre las personas que siguen jugándose la vida en el mar buscando un futuro mejor? ¿Qué habría dicho ante el auge de la extrema derecha y la creciente fragilidad de las democracias? ¿Cómo habría analizado las nuevas formas de desigualdad y precariedad?
Y aquí, en nuestro país, qué habría escrito sobre la lengua catalana? ¿Sobre la dificultad de preservarla en una sociedad globalizada? ¿Sobre una cultura que, a veces, corre el riesgo de convertirse en entretenimiento y olvidar la función punzante del pensamiento crítico?
No lo sabemos. Pero tengo la impresión de que muchos de los interrogantes que le preocupaban siguen siendo los nuestros. Cambian las tecnologías, los lenguajes y las formas del poder, pero seguimos discutiendo sobre la identidad (individual y social), la libertad, la desigualdad, los derechos de las mujeres, la memoria histórica y la verdad. Las cuestiones esenciales persisten; sólo cambian de forma.
Quizá por eso su ausencia sigue golpeándonos. Porque no sólo añoramos a la escritora que fue. También añoramos los libros que no ha escrito. Los artículos que no ha publicado. Las entrevistas que no ha realizado. Las interpelaciones capciosas que no ha llegado a realizar. Añoramos la inteligencia aguda y afilada, que nos habría ayudado a interpretar este tiempo convulso. Cuando pienso en el mundo que no ha llegado a ver, tengo la sensación de que por lo pronto ya había intuido algunas de sus derivas. No porque fuera una profeta, sino porque entendía los mecanismos profundos de la sociedad. Sabía que la memoria es frágil. Que la democracia no es irreversible. Que la cultura no es un lujo ni un adorno, sino el lugar en el que una sociedad se piensa a sí misma y examina sus convicciones. Que los derechos nunca están garantizados para siempre. Que el olvido siempre espera una oportunidad.
A pesar de esa imagen que la muerte fijó para siempre en mi cabeza, como un árbol de hoja perenne, con la melena castaña y el bonito rostro, me gusta imaginarla con ochenta años. Envejecida. Arrugada. No como una estatua en un cementerio ni como una figura venerable, sino como una mujer incómoda; incomodada e inconformista. Tecleando, a veces indignada, artículos que provocarían discusiones. Haciendo preguntas impertinentes. Desmontando simplificaciones y estereotipos. Sacudiéndonos. Recordándonos que detrás de cada titular hay vidas concretas. Que detrás de cada consigna hay historias complejas. Que el primer deber de un ciudadano es resistir la tentación de dejar de pensar.
Y por eso, hoy, somos nosotros quienes nos quedamos con un gigantesco interrogante que nos llena las manos sin respuesta. ¿Qué habría escrito Montserrat Roig sobre el mundo de hoy?
No tenemos la voz. Pero todavía tenemos las preguntas. Y quizá sea aquí, en esta herencia de lucidez y rebeldía, donde su presencia sigue más viva que nunca.
Este texto fue publicado inicialmente en La Independent.