
Pitu

Sarrià Blues
Aitor Romero Ortega
Escuchaba el otro día una canción de la Ludwig Band donde en la primera estrofa se dice: “He salido a tomar el aire y estoy en medio de la nada”. Y un poco me he sentido así al enterarme de la muerte del Josep Calderó y Calopa (Pitu)fundador y presidente histórico del CP Sarrià. Como si de repente, al volver a casa o despertar de una larga siesta, todo el mundo se hubiera marchado y aquel lugar se pareciera mucho al original, pero ya no fuera exactamente lo mismo. Sobrevivir en la ciudad de la infancia es una experiencia moderna ya veces terrible.
El CP Sarrià formó parte de la infancia y juventud de muchos. En Pitu fue presidente durante más de 70 años (1952-2023)una cifra que no supera ni a Fidel Castro y que diría que es récord mundial. Yo lo recuerdo a menudo en el local del club en Major de Sarrià o en los mismos partidos, mezclado entre el público, tanto en Can Caralleu como fuera de casa, como figura tutelar que formaba parte del paisaje. Salido del cristianismo de base, quiso utilizar el fútbol como herramienta social para la juventud y podríamos concluir que triunfó. Tenía, cierto, algo de misionero laico en su actitud vital. Trabajaba como ferretero en una tienda a pie de la calle Major y era quizás uno de los penúltimos representantes de un cierto modelo de menestralia que tejió un barrio y un país y que poco a poco se va extinguiendo, dejando paso a un mundo nuevo sin vínculos fuertes ni con el trabajo ni con la comunidad.
Cuando uno tiene catorce o quince años jugar en uno equipo de fútbol de barrio se parece mucho a la experiencia magnífica. Es como pertenecer a una orden heroica. La vida civil y cotidiana, junto a los partidos del fin de semanadeviene una actividad insustancial, un rumor banal. Nada es comparable. Nosotros jugamos en un tiempo donde todos los campos eran todavía de arena irregular y en Badalona había uno con unas dimensiones tan desproporcionadas (el de la Unión Deportiva Llefià, un equipo magnífico, por otra parte) que nosotros le llamábamos el aeropuerto. En fin, batallitas. Nos recorrimos elárea metropolitana de Barcelona (¿cuántos clubes hay en L’Hospitalet, por el amor de Dios? ¿Y en Badalona?) más de una veintena de veces. Luego van privatizar Can Caralleu y tuvimos que salir a la calle, aunque todo el mundo lo haya olvidado porque en este barrio y en esta ciudad y en este país todo el mundo se olvida de las cosas todo el rato. Cortamos la Vía Augustasi no recuerdo mal, y finalmente el Ayuntamiento tuvo que recular y reconocer que un club histórico como el CP Sarrià no podía ser desalojado, como si nada, de la que siempre había sido su casa. Así que supongo que ese partido lo ganamos.
Uno es lo que está en los dieciochodespués se dedica a sobrevivir. En este caso ocurre incluso antes. Uno se hace adolescente, aparecen otros estímulos y el fútbol ya no es la única gran cosa que te ocurre en la vida, territorio único de transgresión y aventura. Aun así, conserva intacta su capacidad para promover una identificación grupal que casi nada más puede promover. Es rarísimo. Uno ni siquiera se da cuenta en el preciso momento que lo vive, sino después, años después, cuando ya es demasiado tarde y lo ha perdido todo. Es como si estuviéramos condenados a la nostalgia.
No sé, diría que todo esto es lo que nos dio el Pitu: una extraña forma de vida, la posibilidad de ser alguien cada fin de semana durante varios años y después en el recuerdo para siempre.
En la última estrofa de aquella canción de Ludwig que mencionaba al principio, el cantante nos dice: “He salido a hacer un cigarro y se le ha zampado el viento”. Supongo que esto es un poco. Todos somos contingentes, pero él era necesario.