Uno de cada ocho jóvenes menores de edad en el Estado español tiene un problema de salud mental


La salud mental de la infancia y la adolescencia es una preocupación social de primer orden. En los últimos años, familias, docentes y profesionales alertan de un aumento de los problemas emocionales a cada vez más tempranas edades. Los resultados más recientes, recogidos en otoño de 2025, muestran que un 12% de la población infantil y juvenil presenta síntomas de gravedad clínica de al menos un problema emocional.

A través del reciente estudio EmoChild hemos investigado cómo se sienten los niños, niñas y adolescentes en el Estado español a través de cuestionarios con 10.831 escolares de entre 8 y 18 años, procedentes de centros educativos de todo el Estado español. El estudio se complementó con grupos de conversación con menores, familias y profesionales, para comprender mejor la realidad que se esconde detrás de los datos: cómo evolucionan las dificultades emocionales con el tiempo y qué factores incrementan el riesgo de desarrollar problemas de salud mental.

Un 12% con síntomas graves

Los resultados más recientes, recogidos en otoño de 2025, muestran que un 12% de la población infantil y juvenil presenta síntomas de gravedad clínica de al menos un problema emocional. Además, un 34% presenta síntomas en niveles de precaución, es decir, dificultades que pueden evolucionar negativamente si no se detectan y abordan a tiempo.

Los problemas emocionales más frecuentes son la depresión y la ansiedad social, aunque la ansiedad generalizada es la más prevalente en términos de riesgo. En conjunto, uno de cada ocho menores en el Estado español presenta un problema emocional y uno de cada tres se encuentra en riesgo de desarrollarlo.

¿Ha empeorado la salud mental?

Una cuestión clave es si la situación está empeorando o mejorando. El seguimiento entre 2024 y 2025 muestra una ligera disminución tanto de los casos clínicos como de los casos en riesgo. Esto sugiere que parte de los menores que se hallaban en estas situaciones ha experimentado una mejora.

Sin embargo, los porcentajes siguen siendo elevados, lo que subraya la necesidad de desarrollar estrategias preventivas sostenidas en el tiempo. En otras palabras, aunque la tendencia es positiva, los problemas emocionales siguen siendo muy frecuentes.

Redes sociales, videojuegos y vida digital

Entre los niños y adolescentes con los que hemos hablado, es muy frecuente el uso de videojuegos y redes sociales. El 39% de los niños y niñas y el 34% de los adolescentes juegan a videojuegos casi a diario, y cerca del 10% le dedica más de tres horas al día.

En cuanto a las redes sociales, las utilizan el 85% de niños y niñas y prácticamente la totalidad de adolescentes. Un 31% de adolescentes y un 9% de niños pasan en ellas más de tres horas diarias.

Las plataformas más utilizadas son YouTube, WhatsApp, TikTok e Instagram. Más allá del tiempo de utilización, resultan relevantes aspectos emocionales como la ansiedad cuando no pueden conectarse, la percepción de que los demás se lo pasan mejor o la sensación de que su vida es más aburrida que la que observan en las pantallas. En conjunto, el uso intensivo y emocional de las redes constituye un importante factor de riesgo para la salud mental.

Problemas de la conducta alimentaria

Los problemas relacionados con la alimentación son especialmente preocupantes. Un 5% de adolescentes presenta síntomas clínicos y un 13% se encuentran en niveles de riesgo.

Estas dificultades se asocian al uso de redes sociales centradas en la imagen como TikTok o Instagram. La comparación constante, la importancia de los “me gusta” y el uso de las redes sociales para regular las emociones aumentan el riesgo de desarrollar problemas de conducta alimentaria.

Conducta suicida y autolesiones

Los datos sobre conducta suicida y autolesiones requieren especial atención. Un 9% de adolescentes ha pensado en algún momento que la vida no vale la pena, un 5% ha considerado en serio quitarse la vida y un 3% la ha intentado alguna vez. Aunque estas cifras han descendido ligeramente desde 2024, siguen siendo muy preocupantes.

En cuanto a las autolesiones, en torno al 5% de adolescentes afirma haberse autolesionado en algún momento de su vida. Destaca especialmente la edad de inicio, que se ha avanzado aproximadamente año y medio, situándose ahora antes de los doce años.

La visión de los protagonistas

La investigación cualitativa aporta una perspectiva esencial. Más de 500 niños, niñas, adolescentes, familias y profesionales participaron en cerca de 60 grupos de conversación. Todos ellos explican que la tecnología ocupa un lugar central en su vida cotidiana.

Les preocupa su uso excesivo, la comparación social y el aislamiento. Los controles parentales se consideran necesarios pero insuficientes. El acoso escolar sigue siendo un problema no resuelto. Muchos menores temen denunciarlo y los adolescentes consideran poco eficaces sus estrategias actuales.

La amistad constituye un pilar emocional fundamental en la infancia y adolescencia, pero también un espacio vulnerable. Aunque niños y adolescentes valoran el respeto y el apoyo mutuo, sus relaciones se ven influidas por dinámicas de exclusión y por la constante presencia de la tecnología.

Las pautas de crianza están cambiando y generan un claro choque generacional. Los modelos autoritarios funcionan cada vez menos y tanto niños como adolescentes piden ser escuchados. Las familias expresan desgaste emocional y una clara necesidad de soporte. La falta de tiempo y el ritmo acelerado de vida dificultan la convivencia y el cuidado emocional.

Mirando al futuro

El estudio EmoChild transmite un mensaje claro: la prevención es necesaria. Aunque se observa una ligera mejora, el elevado número de menores en riesgo de desarrollar problemas emocionales subraya la importancia de intervenir antes de que los problemas se cronifiquen.

La educación emocional basada en la evidencia es esencial, al igual que fortalecer los vínculos familiares y escolares. Promover un uso saludable de la tecnología desde edades tempranas también es una prioridad, así como detectar el malestar a tiempo marcará la diferencia. El presente estudio aporta datos para orientar decisiones que protejan la salud mental de las nuevas generaciones.

(Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation. Puede leer el original aquí)

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