¿Por qué el pensamiento infantil necesita las relaciones sociales para desarrollarse?


Hay dos rasgos básicos que nos caracterizan como seres humanos: nuestra naturaleza mental (construimos representaciones mentales de la realidad) y nuestra naturaleza social (tenemos una predisposición innata a establecer profundos y significativos vínculos). La biología nos ha dotado con muchas potencialidades, entre ellas desarrollar complejos procesos cognitivos, como la memoria, el lenguaje, el aprendizaje o el pensamiento. Sin embargo, sin el entramado de las relaciones sociales, ninguno de ellos sería posible.

El surgimiento de la función simbólica es uno de los hitos intelectuales más importantes de los primeros años de vida. La función simbólica (o semiótica) aparece hacia los dos años de edad, aproximadamente. Se define como la capacidad de representarse mentalmente objetos, personas o situaciones.

En definitiva, cualquier aspecto de la realidad, aunque no esté presente. Gracias a ella, el niño puede imitar la conducta de una persona observada en el pasado, dibujar algo aunque no esté presente o hacer un juego simbólico que reproduce lo vivido en otros momentos (como jugar a feria oa comprar): todo esto no sería posible si no se tuviera una representación mental de la realidad.

Esta nueva capacidad multiplica las posibilidades del pensamiento porque permite anticipar las consecuencias de nuestras acciones sin necesidad de hacerlas realmente. Por ejemplo, el niño sabe que una pelota se desplaza cuando la chuta; puede imaginarse, no hace falta que haga la acción en la realidad.

El punto de partida del pensamiento abstracto

La función simbólica es también el punto de partida para desarrollar el pensamiento abstracto, que permite ir más allá de la experiencia inmediata (lo que vemos o tocamos).

Por ejemplo, a un niño muy pequeño le presentamos una bola de plastilina y, frente a ella, la dividimos en cuatro bolas más pequeñas. A continuación le preguntamos dónde hay más plastilina, si en la bola grande o en las cuatro pequeñas. Puede decir que a las cuatro pequeñas, porque son cuatro y antes era sólo una. Un niño algo mayor (generalmente, a partir de los 5 años), con mayor capacidad de abstracción, puede responder correctamente que existe la misma plastilina, porque ni se ha quitado ni se ha puesto, a pesar de los cambios externos.

Por tanto, disponer de representaciones mentales del mundo, que cada vez serán más complejas y sofisticadas, permite al niño o niña captar el entorno físico y social de manera más adaptada.

Para dar este salto cualitativo que supone pasar del pensamiento sensoriomotor característico de los bebésbasado en la exploración física y en lo que captan los órganos del sentido, a un pensamiento simbólico, basado en representaciones mentales y en símbolos, es necesaria una cierta maduración biológica, pero también un entorno social amoroso y atento a las necesidades del niño.

Estirar el brazo: de la acción, el símbolo y el lenguaje

Partimos de una situación de la vida cotidiana de cualquier niño pequeño, de ocho meses, por ejemplo, que ve su juguete preferido en la otra punta de la habitación. El niño alarga su mano para cogerla porque sabe (por su inteligencia sensoriomotora) que debe tener contacto físico con ella, que el objeto no vendrá hacia él sólo mirándole.

El objeto está demasiado lejos. Aún así, él sigue estirando el brazo para tomarlo. Si el entorno está suficientemente atento, interpretará este gesto del niño, de forma que se lo acercará (y muy probablemente acompañará esta acción con alguna verbalización como “tiene, tu muñeco”).

En un futuro no muy lejano, de nuevo, el niño se encontrará en una situación similar: quiere coger un objeto y estira el brazo con la intención de cogerlo. Y, de nuevo, el entorno le acercará.

Llegará un momento en que el niño continuará tirando del brazo en dirección al objeto deseado, pero no con intención de cogerlo personalmente, sino con la intención de que alguien le acerque. En ese momento, la acción de estirar el brazo pierde su significado literal, motor, de coger, para pasar a simbolizar una llamada de atención o una demanda para que se le dé algo.

En un primer estadio de desarrollo de la función simbólica, los símbolos toman la forma de una acción motora (por ejemplo, señalar con el dedo); pero cuando aparece el lenguaje oral, las palabras serán los principales símbolos que utilizará el niño para comunicar sus deseos, necesidades, intenciones, etc. Es decir, se pasa de indicar con el dedo y con la mirada fija en dirección al objeto deseado a una petición verbal: “¿Me das la pelota?”

Estas transiciones del paso de la acción al símbolo, y de los primeros símbolos a símbolos arbitrarios (como es el lenguaje) están especialmente favorecidas en un contexto de vinculaciones y relaciones sociales significativas, atento a las necesidades del niño, que interpreta su conducta y la introduce en el mundo de los símbolos y las palabras.

Cuando la pantalla interfiere en el vínculo

Se dispone de suficiente evidencia científica sobre cómo el uso excesivo y en solitario de dispositivos electrónicos (tabletas, móviles u ordenadores) interfiere en el desarrollo de la atención y del lenguaje. También en el aprendizaje, especialmente en el caso de los niños más pequeños.

Sin embargo, cada vez son más habituales escenas de niños con móviles o tabletas en el transporte público, en restaurantes o incluso mientras pasean por la calle en cochecito.

Para que el desarrollo infantil se convierta de manera óptima es necesaria una interacción de calidad con las figuras de referencia que comporta atención directa y contacto físico, ya sea a través de la conversacióndel juego o de otras actividades compartidas, y sobre todo aprovechando las oportunidades que continuamente ofrece la vida cotidiana. Las comidas, los desplazamientos, el momento de acostarse, etc. son momentos excelentes para estimular la curiosidad y el interés de los niños por el funcionamiento del mundo.

Cuando, en los momentos de ocio o de convivencia, las pantallas desplazan de manera importante las relaciones sociales con los adultos referentes o con los iguales, se están perdiendo momentos privilegiados para estimular el crecimiento de los niños.

Además, si el uso de pantallas se convierte en un hábito, aparecen potenciales riesgos tanto para la salud física (problemas visuales, alteraciones del sueño, sedentarismo…) como mental (aislamiento social, disminución de la autoestima, dependencia digital…). Por eso, los expertos desaconsejan el uso de pantallas entre los 0 y los 6 años, o bien de forma muy limitada y siempre con acompañamiento.

Relaciones sociales y desarrollo intelectual

Las relaciones sociales significativas y de calidad estimulan el neurodesarrollo durante los primeros años de vida. Somos seres sociales por naturaleza y, por eso, sentirse querido y objeto de atención es el principal motor del desarrollo intelectual, especialmente en las etapas tempranas de vida.

Así que cada vez que se cierra el dispositivo y se mira un cuento de forma compartida, se habla de algún aspecto de la vida cotidiana o se juega juntos, se está estimulando el desarrollo intelectual, pero también emocional y social del niño.

(Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation. Puede leer el original aquí)

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