
el refugio creativo de un pintor en el Putxet en plena Guerra Civil
Vecinos del Sarrià Desaparecido
Carlos Romero
Desde estas mismas páginas se ha recordado en más de una ocasión la figura y obra del pintor Josep Amat i Pagès (Barcelona, 1901─1991), miembro destacado de una heterogénea comunidad de artistas plásticos, escritores y músicos ─“La Colla” de Olga Sacharoff, Antoni Vila Arrufat, Josep Puigdengolas, Rafael Llimona, Josep Llorens Artigas, Fredric Mompou y Eduard Tol las torres y jardines que flanqueaban el colina del Putxet. Sin embargo, y con motivo de cumplirse el pasado 13 de abril el 125 aniversario de su nacimientono estará de más recordar en qué circunstancias se produjo su llegada a Sant Gervasi, 25 años antes de establecerse definitivamente, en 1961, en la torre del número 10 de la calle Manacor, sede hoy en día de la Fundación Amat.
Nacido en la parte baja de la calle Muntaner, a mediados de los años treinta, Amat miró hacia lo alto de la ciudad con el objetivo de encontrar una vivienda para casarse con Isabel Girbauhija de un banquero de Sant Feliu de Guíxols. Descartada una de las torres de la plaza de Pedralbes ─a Isabel le pareció que quedaba demasiado lejos del centro de Barcelona─, se fijó en una casa en el número 25 de la calle Juli Verne, esquina con Puig-Reig. Seguro que la elección tuvo en cuenta la tranquilidad del barrio, las comunicaciones con el centro y que la casa dispusiera de jardín, pero lo que resultó absolutamente decisivo fue el reducido precio del alquiler. Ante los planes de apertura de la ronda del General Mitre, que afectaba gravemente a una parte de la calle, algunas casas comenzaban a quedar abandonadas y los propietarios se avenían a firmar acuerdos en condiciones muy favorables a los inquilinos.

A partir de ese momento, y sin apenas recursos económicos, Amat dedicó tiempo y generosas dosis de paciencia a remover las paradas del Mercat dels Encants ─entonces situados en el Born─ y otras tiendas de segunda mano, hasta reunir el mobiliario necesario para decorar y vestir el hogar. Ilusionado con el proyecto de construir un “palacete” para Isabel, eligió con gusto y criterio los muebles ─mesas y sillas isabelinas, un sillón de estilo Napoleón III─, las alfombras y las cortinas, el menaje de mesa y la ropa blanca. De todo se ocupó Josep, mientras Isabel le esperaba en Sant Feliu de Guíxols, en casa de los padres.
Finalmente, en junio de 1936, la pareja recién casada se instaló en la casa de la calle Juli Vernedesde donde pocas semanas después vivieron el estallido de la Guerra Civil… En palabras de Asunción Cardona, comisaria de la exposición Josep Amat: Vivencias (Amigos de las Artes y Juventudes Musicales, Terrassa, 2024): “Estos años serán un periodo especialmente abundante de figuras en la obra de Amat, porque no podía salir con libertad a pintar al aire libre. casa por miedo a ser detenidos, el jardín ─donde además había un refugio subterráneo─ se convierte en un lugar muy vivido, un paréntesis de paz ante la incertidumbre.”
Con el paso del tiempo, aplazadas las obras de la Ronda debido a la economía de posguerra y aprovechando unos alquileres todavía reducidos, el matrimonio se decidió a ocupar también las casas adyacentes, los números 27 y 29. El número 25, donde residía la familia Amat-Girbau, recibía el nombre deel jardínel 27 el dehuertos ─un importante recurso para afrontar la escasez durante la guerra─ y el 29, en el que no había edificación, la selvaun territorio de juegos y exploración para los hijos del pintor.

El estudio de Josep Amat estaba situado en el primer piso del número 27, sobre el taller de cerámica de Josep Llorens Artigas. Mariette, hija del ceramista, recuerda: “En el taller había muchas cosas que nos gustaban: praxinoscopios, cámaras estereoscópicas, máquinas fotográficas antiguas, cajas de música y todo tipo de aparatos antiguos. Me gustaba el señor Amat, tenía una sonrisa vergonzosa, era tímida y guapo.”

En una entrevista publicada en este mismo diario, Mariette explicó que “Josep Amat bajaba a la hora de comer y jugaba a la petanca con mi padre en el jardín de atrás. Y los hijos del señor Amat y yo nos subíamos por una puerta a un jardín con limoneros que había junto al taller. Decíamos la selva, ya que no estaba habitado.” Elvira Farreras, cronista no oficial de este entorno ─geográfico, social, artístico─ recogió la siguiente anécdota: “Cuando al cocer [Josep Llorens] alguna pieza no le acababa de hacer el peso, la cogía y la arrojaba por encima de la pared de seto que daba al jardín de los Amat. Si la pieza caía sobre la hierba y no se rompía, Isabel la cogía y la devolvía a su autor. Papitu Llorens riendo le preguntaba: ‘¿No ha hecho daño a nadie?, ¿no?, pues ya te la puedes quedar’. Más de una vez los niños Amat corrieron el peligro de que se les cayera en la cabeza alguna de esas obras de arte, despreciada por su creador, y que les hiciera un buen ñoño.”
El año 1961 es elannus horribilis de la familia Amat. Isabel Girbau sufrió una caída cuando visitaba unas excavaciones arqueológicas, que la obligó para siempre a depender de una silla de ruedas; el inicio de las obras de la ronda del General Mitre les forzó a abandonar las fincas de la calle Juli Verne; y, finalmente, una treta de ética dudosa por parte de un reconocido poeta, estuvo a punto de impedir que los Amat-Girbau pudieran trasladarse a la torre neoclásica de la calle Manacor, primero, y arraigar con todos los derechos, después. Pero ésta ya es otra historia, afortunadamente con un final feliz.