Calçots



Sarrià Blues

Aitor Romero Ortega

Hace algo de un mes recibí un correo electrónico donde se me invitaba a un evento llamado “Calçotada Fest” en la población madrileña de Las Rozas. Se ve que la de este año es su séptima edición. El gran atractivo de la fiesta eran los calçots ilimitados a los que, supuestamente, podían acceder todos los inscritos.

Este 21 de febrero, en el conocido barrio de Vallecas (muy cerca de donde vivo), el Círculo Catalán de Madrid y su colla castellera organizaron una calçotada popular para más de 200 personas. Fue un éxito. Agotaron los tickets y la cosa salió en varios periódicos y publicaciones. Incluso recuerdo que en mi barrio, vecino de Vallecas, se habló, no sin asombro.

La cosa es que ya hace un tiempo que la gente con la que me voy encontrando aquí en Madrid, cuando se entera de que soy catalán, me pregunta y me quita a menudo el tema de los calçots. Cuando les confieso que no soy un gran aficionado de esta comida la gente suele extrañarse, como si no lo acabaran de entender. Y más cuando les intento explicar que en realidad es un costumbre más propia de unas cuantas comarcas tarraconenses que de Barcelona. Me temo que ésta es una guerra perdida. Como sucede con la sartén o la fondue, los calçots ya se han convertido para los demás (y también para nosotros, que lo hemos acabado comprando) uno símbolo de catalanidad indiscutible.

Reconozco que no vi venir éste hype de los calçots. De hecho, me parece irónico que un país como el nuestro, con no sé cuántas estrellas Michelin y que se jacta de haber inventado la cocina molecular, haya acabado exportando a diestro y siniestro una comida tan primitiva. Supongo que en parte es normal. En un mundo vacío que se ahoga en la banalidad y donde cada vez cuesta más encontrarse con los demás, las calçotades aspiran a recuperar una idea de comunidad festivaaunque sea frágil y totalmente provisional. A mí también me ocurre. De hecho, me atrevería a decir que me interesan más las calçotades que los propios calçots. Este mismo año, sin ir más lejos, me han invitado a dos cerca de Madrid. Y la verdad es que no recuerdo prácticamente nada de los calçots supuestamente de Valls de esos días, pero sí una mesa alargada con un montón de gente siendo feliz, o al menos fingiendo cierta idea de felicidad. Dicho al modo de un esnob: el triunfo incontestable del calçot es más antropológico que gastronómico.

En la Calçotada Fest que se organizó en Las Rozas se prometía además un campeonato de comer calçots y otro de beber en porrón. Reconozco que estuve tentado de apuntarme a los dos concursos como ejercicio de periodismo gonzoaquél que se hace desde dentro, sin ninguna pretensión de objetividad, y donde el reportero se convierte en protagonista (a menudo alocado) de los hechos que narra en primera persona. Seguro que me habría resuelto esa columna. Por desgracia ya había dado por terminada mi temporada de calçotadas, así como la de sociabilidad extrema. Necesitaba cierta soledad. De modo que me he visto empujado a tratar el tema desde un lado bastante menos empírico.

Para justificar mi trabajo he creado una teoría. La podríamos llamar “Teoría general del calçot” y de momento, en esta primera aproximación, consta sólo de dos observaciones o comentarios: 1) el calçot confirma la obsesión enfermiza de la gastronomía popular catalana con las formas alargadas, por no decir fálicas (la morcilla, el látigo, el fránkfurt…); 2) cuando Unamuno, en su conocida discusión regeneracionista con Joan Maragall, pidió casi a gritos que se catalanizara España, no sé si quería decir exactamente eso.



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