La luz que nos perdemos



El Relato

Maria Àngels Viladot

Salí de casa con la idea sencilla de ir a ver la exposición de Henri Matisse en CaixaForum. “Es preciosa”, me habían dicho. La palabra me parecía pobre, pero mientras caminaba hacia allí, con esa ilusión que sube sin hacer ruido, me di cuenta de que quizás no se trataba de encontrar un adjetivo mejor, sino de aceptar que hay cosas que no caben en una sola palabra. Había leído que, para Matisse, el negro no era ausencia, sino una forma de luz. Siempre me pareció una frase enigmática. Aquella mañana, sin darme cuenta, empecé a sospechar que no hablaba del negro en sí, sino de la forma en que hacía existir el resto de colores.

La mañana tenía una claridad extraña, como si alguien hubiera retirado un velo que hacía tiempo que no sabíamos que estaba allí. Barcelona parecía recién pintada u operada de cataratas: simplemente más nítida, más descubierta. No era sólo el brillo del sol, sino la forma en que se esparcía, sin polvo, mientras el cielo se abría en tonalidades nuevas. Las fachadas sacaban un ocre caliente que viraba a naranja; algunos balcones relampagueaban de un azul inesperado, y bajo los coches las sombras tomaban matices violetas. Tenía la sensación de que la ciudad respiraba de otra forma.

Al entrar en CaixaForum, no noté ningún corte entre fuera y dentro. Era como si la exposición siguiera lo que la ciudad ya había comenzado. Recorrí las salas dejándome llevar, sin prisa, observando cómo la gente se movía con una cadencia que no sabría describir. A medida que avanzaba, mi mirada se hacía más precisa y al mismo tiempo más blanda: perdía rigidez y ganaba profundidad. Siguiendo el orden cronológico, vi cómo los perfiles negros de los primeros cuadros iban cediendo. Los trazos oscuros se hacían más porosos, menos autoritarios. Al borrar barreras, los colores se expandían con una gracia inevitable. Pensé que Matisse, con los años, había ido liberándose de unos barrotes silenciosos. Ahora uno, ahora otro. Hasta que quedaban arrinconados, como desechos de un sistema obsoleto. Había ido abriendo ventanas interiores, dejando entrar aire, respiro, espacio.

Al fondo de una sala, un inmenso retrato de una mujer mayor me detuvo. Me acerqué con la sensación de entrar en un sitio íntimo. El rostro no sonreía, pero tampoco era severo. El azul de la frente, el rosado de la nariz, la mejilla malva…, todo se envolvía con una suavidad que hacía que cada color existiera más. Y entonces ocurrió: entré en un recuerdo. No era una escena concreta. Era una atmósfera. Un amarillo tenue, un atardecer sereno, una calma que no anulaba nada. Intenté retener alguna imagen, pero todo se movía, como si todavía se estuviera formando.

Y en esa nebulosa, la reconocí. No la cara exacta de mi madre, ni el cuerpo, sino la manera de estar ahí. La presentía en un roce de pasos, en un olor que no acababa de fijarse, en el tiempo que dejaba entre una palabra y otra. En la pausa mínima antes de decir mi nombre. No podía reconstruirla, pero la captaba. Estaba allí, dentro de la claridad matizada del cuadro. La sombra de la ausencia también estaba ahí, pero ya no se afanaba por conquistar todo el espacio: se había convertido en un gris ala de mosca, integrado en una armonía más ancha.

Cuando salí de la exposición, Barcelona seguía ahí, pero no exactamente igual. La atisba que por la mañana sólo se insinuaba ahora era tangible. Las sombras no pesaban. Los colores se daban abrazos cálidos; los contornos de los edificios, de las hojas verdes y tostadas, de los peatones, se desdibujaban levemente, como si una lámpara temblorosa les iluminara sólo lo justo.

La ciudad no se había simplificado: se había vuelto fluida. Todo encontraba sitio con naturalidad, sin esfuerzo, como una nube de azúcar deshilachada que se deshace sólo de respirar cerca. Las voces se disolvían en el rumor de la calle, que sonaba como una colmena tranquila.

Seguí andando, y pensé que quizás, mientras nos aferramos a las formas, nos perdamos el estallido que las hace posibles.



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