Hablemos de salchichas



Sarrià Blues

Aitor Romero Ortega

Se ve que los chinos llaman a su país “El país del Centro” o “El reino del medio”. Hace tiempo que me pregunto si los habitantes de la ciudad de Frankfurt llaman a los frankfurts simplemente salchichas. Tendría gracia, creo.

Barcelona (eso lo sabe todo el mundo), entre otras muchas cosas, es una ciudad llena de locales con este rótulo («Frankfurt») donde se venden a raudales (qué sorpresa) salchichas de este tipo. De hecho, no sólo Barcelona, toda Cataluña. Donde quiera que vayas no te será difícil encontrar un local así en nuestro país. Y cosa extraña: todos tienen el mismo estilo. Son fáciles de reconocer. Desde las grafías del letrero, hasta la madera envejecida del mobiliario, las barras alargadas, el gusto un punto inquietante por los espejos, y la plancha como altar definitivo donde hace su magia un hombre de espaldas al público, como Miles Davis tocando la trompeta en el Palau de la Música, conocido como hombre-plancha. Como los pubs irlandeses o las trattorías italianas, los frankfurts definen el paisaje común de una diáspora gastronómica y sentimental.

Cuando estudiaba en la universidad me autopremiaba con frecuentes visitas al Frankfurt Pedralbes después de las largas jornadas en la biblioteca. Aquel hub donde hay tres o cuatro locales que se dicen exactamente igual y venden el mismo producto (uno no sabe exactamente cuál de todos es el original y qué otros la copia) se convirtió en un santuario personal. Me gustaba especialmente ir a deshoras, no para comer o cenar, sino para hacer lo que los imbéciles de ahora llaman brunch o sencillamente para merendar. Cuando con los años he vuelto al Frankfurt Pedralbes (lo que hace esquina, que diría que es el auténtico en serio) me ha tranquilizado comprobar que en un mundo y en una ciudad donde todo cambia tan rápido, también los locales que un día nos hicieron felices, aquello sigue exactamente igual que siemprelleno a rebosar, e incluso con aquel camarero ruso en la barra que se asemeja a Boris Yeltsin ya quien nosotros llamábamos Krakosky (un tipo de salchicha), haciendo la misma cara que hacía veinte años atrás, como si se hubiera quedado congelado en el hielo siberiano.

¿Qué demonios nos ocurre a los catalanes con las salchichas? Me da la impresión de que necesitaríamos un par de sesiones de psicoanálisis para esclarecerlo. En cualquier caso, supongo que el hecho de tener la butifarra como tótem local facilitó la entrada masiva del fránkfurt y su integración en nuestra cultura sin demasiados aspavientos. Es algo inédita en el resto de la península y también en el sur de Francia. Algo diferencial. Una especie de sincretismo gastronómicocomo el de los indios de México que colocaron a la virgen de Guadalupe encima de una antigua deidad indígena de la fertilidad y empezaron a adorarla como si nada, sin ningún tipo de conflicto.

No engaño a nadie si confieso que hace años que doy vueltas al tema. Pienso a menudo en escribir un ensayo de aquel género que llaman interrogación nacional y que llevaría el mismo título que esta columna en homenaje al ya clásico de David Foster Wallace, Hablemos de langostassobre la fiesta de la langosta de Maine.

Creo que en nuestra íntima relación con las salchichas se pueden encontrar más de un par de verdades ocultas sobre los catalanes. Se ve que el origen de todo, la puerta de entrada del fránkfurt en Catalunya, se encuentra en el Vallès. Tendré que estirar ese hilo. Como apunte final sólo cabe recordar que en las penúltimas elecciones del Barça, las de 2021, apareció en escena un precandidato conocido como el Rey del Frankfurt. Por último, no logró las firmas necesarias para pasar el corte. Una lástima.



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