
El banco de Monterols

El Relato
Maria Àngels Viladot
Iba siempre aquellos días. Salía de casa, en la calle de Herzegovina, con una especie de ritual que no se contaba: la gabardina beige, las botas de agua, el pañuelo de seda anudado en el cuello, la bolsa de piel cogida con decisión. Caminaba despacio, bajo el mismo paraguas de hacía años. Con ese paraguas había caminado por París. Habían ido a ver Las Paraguas de Cherbourg. La llovizna de ahora le devolvía aquel recuerdo sin pedir permiso: una música lejana, casi imaginada, y ella haciendo de Catherine Deneuve, elamour à gogo. París había sido una idea. Cultura. Libertad. Ahora sólo quedaba el paraguas. Ella había cambiado. Barcelona también.
El parque de Monterols le esperaba encerrado en sí mismo. El aire olía a romero y a lavanda mojados. El suelo, de un ocre apagado, contrastaba con el verde compacto de las magnolias. Todo parecía más vivo.
Llegó a la glorieta de hierro y cristal. Había algo en ese lugar que persistía. No sabía desde cuándo iba. Quizás hacía años. Quizás demasiado. Con el tiempo, las fechas se pierden. Quedan los sitios. Los gestos. Se sentó. Los adelfas inclinaban las flores rosadas y blancas sobre los márgenes del camino. Inspiró profundamente: olor a madera y a hojas muertas, a aire lavado. Y, como casi siempre, ella ya estaba.
La chica.
No recordaba haberla visto nunca, ni tampoco marcharse; tenía la sensación de que siempre estaba allí antes que ella. Estaba en el otro extremo del banco, lo suficientemente lejos para preservar la distancia, lo suficientemente cerca para compartir el refugio. La observó de cola de ojo. Llevaba una parca azul, ligera, y las zapatillas teñidas de humedad en las punteras; el pelo castaño le caía desordenado sobre los hombros. Era hermosa, pero no habría sabido decir por qué. Miraba la ciudad con las pupilas claras, atentas; los hombros ligeramente curvados, como si el mundo le pesara un poco más de la cuenta, y las manos escondidas en los bolsillos. Aquella manera de sentarse, en la punta del banco, hecha un ovillo, le resultaba extrañamente familiar.
La pequeña lluvia las separaba del resto del parque. Se miraron sólo un instante, lo justo para desearse buenas tardes con un gesto mínimo, y después la mujer giró la cabeza hacia la ciudad, donde un ejército de cemento parecía asediar la colina: bloques nuevos en la calle Muntaner, grúas levantadas con brazos metálicos, el tráfico de Balmes subiendo como un río peso al bajo el gris, y el mar, y el mar, hormigón. En el centro de todo, la glorieta resistía, un pequeño milagro de quietud en medio del ruido.
Antes no era así. El parque de Monterols fue una selva, con Barcelona y el Mediterráneo convertidos en un decorado lejano. Ella corría con las primas aquellas tardes del sábado, arrancando desde el piso de la calle de Berlinès y llegando resoplando, con las piernas delgadas y los calcetines estrujados en los tobillos, adentrándose entre los árboles como si atravesaran un territorio sin límites. Todo era inmenso: pendientes imposibles, rincones escondidos, cortezas que se convertían en refugios; eran personajes de Enid Blyton, inventando grutas y nombres secretos, llamándose con palabras que sólo ellas entendían. Y cuando llovía, la lluvia no interrumpía: lo hacía todo más intenso.
Ahora la ciudad subía colina arriba, empeñada, como una hiedra de mortero que quería engullirlo todo: la glorieta, el banco, aquel reducto frágil de silencio compartido con la chica, que seguía inmóvil en el otro extremo, mirando las azoteas, hasta que, con un gesto rápido e inconsciente, se recogió un flojo.
Y entonces le reconoció. Era el mismo gesto. Lo mismo que ella hacía.
Un escalofrío le subió por las pantorrillas, lento y preciso, como si algo se hubiera desencajado en su interior. Sin saberlo, la chica le abría ventanas a la memoria, y ella, sin resistirse, las dejaba abiertas.
Luego paró de llover y, durante días, el cielo se mantuvo seco; pero ella iba igualmente, expectante, con un nudo en la garganta. El parque se llenaba de luz y de voces, de perros y de corredores absortos que la esquivaban sin mirarla, mientras la glorieta permanecía vacía, y ese vacío, tan nítido, le caía encima con todo el peso. Se sentaba en el banco e intentaba reconstruir a la chica con detalles mínimos —la posición de los pies, la inclinación de la cabeza—, pero todo perdía contorno, como si, sin ese velo lluvioso, la realidad se deshilachara. Hasta que un día dejó de ir.
Cuando la llovizna volvió, la sorprendió en casa; detrás de la ventana, la cortina difuminaba las calles y las empujaba hacia una melancolía suave que le resultó imposible ignorar. Sin pensárselo, cogió el abrigo, la bolsa de piel, el paraguas de París, y subió hasta el parque. Se sentó en el banco y esperó. Pero la chica no apareció.
Y, sin embargo, el banco no estaba vacío.
Cerró los ojos y la ciudad se replegó, todavía lejos de la montaña, con las azoteas y el mar protegiéndola, mientras el parque recuperaba una amplitud antigua, casi intacta. Volvían las correderas con las primas, la carcajada rompiendo el gris, los zapatos llenos de barro, las bufandas deshechas, las faldas voleando al compás del juego.
Se apartó un mechón de pelo detrás de la oreja.
Cuando abrió los ojos, la llovizna lo había disuelto todo, o quizás lo había vuelto a su sitio. Y lo entendió, sin esfuerzo, con una calma nueva: la chica nunca se había ido. Siempre había estado allí. En su interior. La ciudad seguía encaramada a la colina. Y ella también.