
Las ausencias

Salud mental
Maria Bascompte
Las ausencias duelen.
A ella nunca le han arrancado una hija del vientre. No puedo imaginarme un dolor tan encarnizado. Bueno, sí, imaginar, puedo imaginarlo.
¿Cuántas cosas nos hacen tanto daño, a un nivel algo menos atroz, como si nos arrancaran una hija del vientre? Dejar de formar parte, por ejemplo.
Dejar de formar parte, involuntariamente, es cruel. La salud es un privilegio, y no tenerla a ella la ha reducido a ausencia. Una ausencia que no se ha desangrado, porque late. Ella está viva.
No es casualidad que haya empezado a abusar de los opiáceos, a utilizarlos más allá de lo estrictamente necesario. No es una casualidad, es una causalidad: este último año ha resultado un desencanto en forma de: la vida era eso. Los ricos se nos comen, la extrema derecha va impregnando estratos, personas y páginas de esa vida. Las grandes élites cometen atrocidades… Y ella está asombrada. Lo naíf, idealista y utópico es abofeteado con contundente violencia hasta condenarla a permanecer temerosa, en una esquina sucia, oscura, húmeda y vieja de cualquier cuarto de tortura.
“El único recurso para combatir las ausencias no deseadas es a través de las disidencias”, se dice.
No es casualidad que las que transitemos sufrimiento psíquico pensamos, en algún momento: “Estaría mejor muerta”. Los señores de bata blanca dirían que es una causa de una enfermedad. ¿Pero qué pasa con los privilegios y la singularidad de tenerlos o no? Es decir, ¿qué ocurre con la importancia clave del contexto?
A ella le han expulsado de su barrio, donde trabajaba, con y para el barrio. Seguramente porque un señor danés puede pagar un alquiler mucho más elevado. Vergonzosamente más elevado.
No es casualidad que, ella, a ocho días de morir repentinamente la madre, tuviera que reunirse con las compañeras del Sindicato de Alquiladoras.
- “No era el momento”
- “Ay, amiga, esto es lo que ocurre cuando no hay privilegios.”
Vosotros ve que esto ocurre, contemple y siga estremeciendo. ¿Es posible pedirle, a las privilegiadas, que “haga falta fuego” con nosotros? ¿Aunque no sea su lucha? ¿Puede condenar las vidas reducidas a groseras ausencias?
La respuesta es: no. Seguramente porque no subsiste a base de opiáceoscomo ella, para que el dolor sea menor, y para que el mundo deje de doler por unas horas, o por unos preciados instantes.
Las ausencias, las de las personas que ya han muerto, duelen mucho, un mal profundo, punzante, desolador.
Las ausencias, las de las vivas en la lucha, también duelen. Resulta desencantador asumir que, desde la desigualdad, si ella sale a quemarlo todo, y tú no, porque “no quieres hacer política”, en ese momento se percibe un movimiento sísmico que impondrá una brecha entre ella y tú.
Habrá un antes, y habrá un después.
La lucha de clases.
La lucha de clases con ausencias.
La lucha de clases con ausencias y algunas dosis de opiáceos extra.