Seguiremos denunciando las violencias psiquiátricas e imaginando futuros deseables – Abilis


Clara Castaño Escat; Aina Naval y Cucurella; Elisenda Toneu y Tarrés.

El pasado 29 de marzo, la amiga y compañera Marta Plaza, referente del movimiento de supervivientes de la psiquiatría en el Estado español, tomó la decisión de morir. Sentir un profundo respeto por su decisión no está reñido con oír toda la rabia, la impotencia y la tristeza que produce detenerse a mirar con profundidad y complejidad las tramas que conducen a una persona a tomar la decisión de morir. Y esto, a su vez, no está reñido con sentir toda la belleza, amor y esperanza que nos deja.

La muerte voluntaria no puede desligarse del contexto en el que se da. El deseo de interrumpir la propia vida no es interno (al contrario de lo que dicen los relatos biomédicos), sino el resultado de cómo elementos externos impactan en nuestra biografía: las violencias recibidas desde la infancia, las violencias que produce la institución familiar y el heteropatriarcado, las violencias que se derivan de la patologización de nuestro sufrimiento y el ( cuerpos no productivos, la falta de implicación del resto de la comunidad en una lucha que a menudo resulta invisible.

El relato de que las personas se matan como un síntoma más de un supuesto trastorno es una de las narrativas más perversas de todas las que existen sólo para proteger el sistema de las críticas.

En primer lugar, existe una amplia evidencia (y no habría que decirlo porque parece bastante lógico) de cómo las personas expuestas a experiencias de adversidad en la infancia corren un riesgo significativo de ser diagnosticadas en la vida adulta. Y si asumimos que habitamos un mundo donde el daño es un fenómeno generalizado, también hay que asumir que la distribución de este daño es desigual. Que recae, de forma sistemática, sobre unos determinados cuerpos. Y, por tanto, que la psiquiatría y la psicología, como herramientas de ordenación social, se quedan muy cortas a la hora de explicar el sufrimiento de las personas. De hecho, remiten a una necesidad colonial del proyecto civilizatorio moderno de clasificar y ordenar la vida para orientarla a la productividad. Como consecuencia, el sufrimiento y las respuestas que las personas elaboran para afrontar la violencia y el daño son sistemáticamente individualizadas y despolitizadas: patologizadas, medicalizadas e institucionalizadas. Una correlación de hechos que debería ser suficiente para lanzar a la papelera de la historia, de una vez por todas, la narrativa de los factores endógenos, biológicos y genéticos.

Y por supuesto, el psistema – entendido éste como el entramado de profesionales y discursos de la cultura hegemónica que individualizan, descontextualizan y patologizan el malestar, colonizando el lenguaje sobre el dolor – también fracasa en el acompañamiento del sufrimiento. En palabras de Marta,

Ligar a una persona con correas en cama no es cuidarla. Drogarla en contra de su voluntad, ocultarle información sobre los fármacos que se le imponen, saltarse todo consentimiento informado bajo la premisa de que su diagnóstico le impide tomar decisiones acertadas, no cuidarla. Aislarla de sus vínculos, encerrarla en contra de su voluntad, ocultar que tiene derecho a asistencia legal, impedirle activamente el ejercicio de sus derechos… No es cuidarla. (2025, Pág. 103).

Pero, desgraciadamente, todas las anteriores son prácticas cotidianas en psiquiatría. Una larga lista a la que también podríamos sumar otros, que como los electrochoques, siguen aplicándose bajo la apariencia de legitimidad médica mientras se mantienen en un discreto segundo plano del debate público.

Y así, se genera el efecto de puertas giratorias – o de viajeras habituales – en el entramado institucional de Servicios Sociales, CSMAs, centros de día, etc. Un sector externalizado en el que trabajan miles de personas ya través del cual algunos pocos se llenan los bolsillos. Un entramado que no distingue entre lo público y lo privado, sino que opera bajo una misma lógica de gestión, control y rentabilización del sufrimiento.

Por último, la interiorización masiva y acrítica de la lógica de la enfermedad y de la narrativa biomédica producen un abandono por parte de la comunidad (incluyendo también buena parte de los Movimientos Sociales). Porque es fácil señalar, en un plano teórico, las violencias. Pero no lo es tanto, en lo cotidiano, acompañar y legitimar las consecuencias e impactos que tienen en las personas. Decía Marta, en un artículo en Píkara Magazin en septiembre de 2022, que:

[…] tenemos muchos aprendizajes pendientes como sociedad antes de que el suicidio y sus cifras dejen de ser un problema. Aprendizajes que tienen que ver con el acompañamiento del sufrimiento psíquico, la locura, el dolor […] Parece una obviedad decir que facilitar vidas vivibles prevé el suicidio, pero quizás ya no lo sea tanto si atendemos al contenido de los planes de prevención o de los planes regionales y estatales de salud mental. Facilitar, desde los ámbitos institucionales, comunitarios, afectivos… que las vidas de las personas sean, en efecto, vivibles, disminuye el sufrimiento psíquico, contempla el suicidio y podría constituir la mayor herramienta de protección a la salud mental de la población.

A veces, el dolor puede no ser hermosopero también contiene primaveras. Y una enorme sensibilidad y sabiduría, porque vivir muy cerca de la muerte es vivir también muy cerca de la vida. Y habitar este puesto fronterizo entre ambas permite desplegar la potencia del apoyo mutuo

Ante la violencia y la impunidad estructural, seguimos ampliando las redes del Movimiento de Supervivientes de la Psiquiatria, que recupera y construye narrativas propias y sostiene formas de apoyo mutuo que desbordan y cuestionan el marco institucional, a pesar de los múltiples intentos de cooptarlo, ignorarlo o folklorizarlo. Un movimiento que no pide ni necesita permiso, sino que señala, incomoda y practica —en el presente— otras formas de estar juntas, de acompañar el dolor y de disputar el sentido mismo de lo que significa cuidar.

Marta, amada. Como tú bien sabías, la esperanza no se hace sola, es necesario construirla juntas. Sin certezas. Sólo con los tuyos quizás y alomejores temblorosos. Que son también los nuestros.

El mejor homenaje que podemos hacer es convertirnos en tus soñados militantes de la esperanzaa, seguir sembrando futuros habitables y seguir imaginando otras realidades posibles: Realidades en las que la vida y los imaginarios en torno a la salud no estén al servicio de la acumulación de capital. Realidades en las que podamos enfermar, dolernos y sufrir con seguridad, sin ser expuestas a la violencia y pérdida de derechos. Realidades en las que la vulnerabilidad y la necesidad de apoyo sean aceptadas como elementos constitutivos de la existencia.

Un mundo en el que, como decías en otro artículo en Píkara, en enero de 2021, las experiencias de sufrimiento psíquico con las que muchas personas convivimos “serán una parte más de nuestras vidas. Una parte difícil y complicada, que por este motivo será sostenida y apoyada por la comunidad”. Un mundo en el que:

[…] podremos recorrer un camino de responsabilización social que, como de otros procesos de verdad, justicia y reparación, tome responsabilidades sobre lo que han hecho la Psiquiatría y otros agentes represores a nivel institucional, desde un reconocimiento sin excusas de la violencia ejercida, contemplando los actos de justicia reparativa que sean necesarios y asentando las bases para que éstos puedan. Y si para asegurarlo fuera necesaria la abolición -que no reforma- de todos los dispositivos creados para psiquiatrizar, aislar, cerrar, domesticar, etc., bienvenida sea. (2025, pág.106).

Marta, amiga, serás eterna. Y nosotros, seguiremos montando piojos.



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