
Parir en silencio y soledad: la violencia obstétrica que experimentan las mujeres sordas
El 28 de febrero de 2026, en la 40.ª edición de los Premios Goya, Miriam Garlo recogió el galardón a Mejor Actriz Revelación por su papel en Sorda. Su discurso de agradecimiento, pronunciado también en lengua de signos española, incluyó una frase que resonó con fuerza en redes sociales y medios de comunicación:
“Este premio es para las mujeres sordas que han sido madres y para las que no, porque a la violencia obstétrica hay que añadirle la violencia de la invisibilidad”.
Miriam Garlo, Goya a Mejor Actriz Revelación: “Ninguna persona sorda se muda, somos personas sordas, tenemos identidad propia”#Goya2026
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— RTVE (@rtve) February 28, 2026
El impacto mediático de sus palabras abrió un debate que las profesionales de la salud, las académicas y las propias mujeres sordas llevamos años intentando situar en la agenda pública y política: existen barreras comunicativas estructurales durante el embarazo, el parto y el puerperio que comprometen tanto la seguridad clínica como el ejercicio efectivo de los derechos sexuales y reproductivos.
La pregunta es inevitable: ¿cuánto sabemos realmente sobre esta realidad y qué estamos haciendo para cambiarla?
Sorda como posicionamiento artístico y político
La película Sordadirigida por Eva Libertad, sigue a Angela, una mujer sorda que atraviesa el embarazo, el parto y la crianza de su hija en un entorno que no habla su lengua, no entiende sus silencios y, demasiado a menudo, toma decisiones por ella. Más que contar una historia individual, la película construye una retórica de incomodidad permanente frente a un mundo diseñado para oyentes.
Desde esta perspectiva, Sorda funciona no sólo como obra cinematográfica, sino también como una intervención política: revela cómo la autonomía puede verse sistemáticamente fracturada cuando la comunicación no está garantizada.
La barrera comunicativa también es violencia obstétrica
La historia expone una forma de violencia obstétrica que rara vez se llama: la que ocurre cuando el sistema y el personal sanitario no aseguran una comunicación accesible.
Aunque las mujeres sordas no constituyen un grupo homogéneo, muchas comparten experiencias similares dentro de los sistemas de salud convencionales: consultas sin intérprete, explicaciones incompletas o inexistentes, decisiones clínicas comunicadas de forma fragmentaria o asumidas sin mediación lingüística. A esto se suman factores recientes, como el uso generalizado de mascarillasque dificultan aún más la lectura de los labios y la interpretación de las expresiones faciales.
Las consecuencias no son menores. En el contexto obstétrico, la comunicación es una herramienta clínica fundamental. Permite evaluar síntomas, comprender sensaciones corporales y tomar decisiones informadas durante el proceso del parto.
Por ejemplo, la evaluación del dolor –considerado el quinto signo vital– es un indicador clave para garantizar la seguridad de la atención. Cuando esta evaluación no se realiza adecuadamente por falta de comunicación, no estamos ante un simple descuido: estamos ante una vulneración que puede tener consecuencias clínicas reales.
Pero el problema no se limita a la falta de información. Lo que está en juego es la autonomía.
Consecuencias evidenciadas
La violencia obstétrica incluye prácticas como realizar intervenciones sin consentimiento informado, ignorar las necesidades de la mujer, negar respuestas a sus solicitudes de ayuda o aplicar procedimientos que no están basados en evidencia. Estas experiencias tienen consecuencias que se han documentado en la literatura como trauma relacionado con el parto, depresión postparto, trastorno de estrés postraumático y desconfianza hacia el sistema sanitario.
Para las mujeres sordas, estos riesgos se amplifican cuando los canales de comunicación no están garantizados. La discriminación de género se entrelaza con el capacitismo institucional, produciendo una doble forma de exclusión.
A esto se añade un problema estructural: muchos servicios de salud siguen funcionando bajo la premisa implícita de que todas las personas sienten, hablan y comprenden de la misma manera. Cuando una mujer sorda llega a una institución de salud, a menudo se produce una escena repetida: el personal sanitario duda sobre quién le atenderá porque nadie sabe cómo comunicarse con ella. Aparecen el miedo, la inseguridad y la improvisación. La respuesta institucional suele ser la misma: desorientación, delegación y soluciones improvisadas.
No se trata de una anécdota o experiencia aislada. Es el resultado de un sistema que todavía no ha incorporado la diversidad comunicativa como parte del estándar de atención.
Cuando la violencia obstétrica se convierte en una experiencia cotidiana
Los testigos de mujeres sordas ayudan a comprender la dimensión real de esta problemática. En nuestra línea de investigación hemos recogido múltiplos de ellos. Los nombres y procedencia de estas mujeres son ficticios para proteger su privacidad:
Elsa (Burgos). Mujer sorda de 49 años:
Después del parto todo cambió. Tuve una cesárea por riesgo de pérdida del bienestar fetal. Comunicación con la cesárea, cero. Todo con mascarillas. No supe por qué me hicieron cesárea. Luego me lo contaron. Se llevaron al bebé. No me dijeron si estaba bien. Después de cinco horas desde la cesárea, el padre de mi hijo me dijo que estaba bien. Rompí a llorar por todo lo que tenía acumulado. Era como yo no importaba. No tengo una buena experiencia ni del parto, ni del posparto ni de la lactancia.
Marina (Comunidad Valenciana). Mujer sorda de 40 años:
La experiencia con lo primero, fatal. Con el segundo, mejor. Mi primer parto fue muy lago. Me dijeron: hiciera fuerza para empujar, pero yo no sabía cómo hacerlo. Lloré mucho en el hospital. No sabía qué hacer. No me sentía buena madre. No me sentía preparada. Las personas oyentes a veces tienen información pero, en nuestro caso… ¿qué información tenemos? Creo que es importante hablar de maternidades sordas. En la comunidad sorda no suele hablarse de la maternidad. En cuanto a la lactancia materna, en ocasiones tenemos información contradictoria.
Estos relatos dan cuenta de lo que ocurre cuando una intervención médica se realiza sin explicación o cuando una mujer no puede acceder a la información necesaria para participar en las decisiones sobre su propio cuerpo, una forma de violencia obstétrica que la literatura ha descrito como violencia obstétrica capacitista.
¿Qué cambios son necesarios?
La película Sorda cierra con una dimensión política clara: sólo un sistema que asume que todas las mujeres viven la maternidad del mismo modo puede producir este tipo de daño de forma sistemática.
Desde la perspectiva de la salud pública, ese reconocimiento debería ser el punto de partida para la transformación. Algunas medidas simples –pero que requieren voluntad institucional– serían: garantizar intérpretes de lengua de signos en los servicios de salud, incorporar formación básica en comunicación accesible para los equipos sanitarios y reconocer la diversidad lingüística como parte fundamental de la calidad asistencial.
Porque la pregunta de fondo no es si el sistema sanitario puede adaptarse. La pregunta es: ¿cómo puede considerarse ética una atención sanitaria que asume como aceptable que una mujer no entienda qué está pasando durante su propio proceso de embarazo, parto y posparto? ¿De qué derechos a la salud hablamos cuando las mujeres sordas no pueden tener ni acceder a una atención sanitaria mínimamente digna?
Sin comunicación accesible no existe consentimiento informado ni autonomía reproductiva posibles. Cuando la autonomía desaparece, los derechos sexuales y reproductivos dejan de ser de pie y se transforman en una promesa vacía.
(Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation. Puede leer el original aquí)
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