
Los Años Nuevos de Rodrigo Sorogoyen – LIBRERIA DE LA IMAGEN

La nueva estructura de distribución de contenido audiovisual ha hecho que en los últimos años gran parte del mercado cinematográfico encuentre más atractivo el formato tipo serie que el largometraje; produciéndose cada vez con mayor dedicación capítulos breves y estimulantes que abruman buena parte del juicio crítico de los espectadores que las consumen, como bienes, simplemente.
Los invito, sin embargo, a considerar esta obra como un filme dividido en 10 fragmentos. Con una duración total que se acerca a las seis horas en su versión completa, la obra de Rodrigo Sorogoyen, Sara Cano y Paula Fabra se presenta con la voluntad y aliento de una gran novela costumbrista del siglo XXI.
La apuesta formal es radical en su simplicidad: registrar una década en la vida de Ana (Iría del Río) y Óscar (Francesco Carril) centrándose exclusivamente en los días que rodean la Nochevieja. Esta elección estructural convierte el vacío y lo no dicho en la materia prima de la narración. El espectador se ve obligado a llenar los espacios en blanco, a deducir los cambios laborales, las pérdidas familiares y el desgaste afectivo a partir de los pequeños detalles, miradas y variaciones en el tono de voz de la pareja.
Y es que, a diferencia de las estructuras cinematográficas tradicionales, que a menudo aceleran los conflictos para cerrarlos rápidamente, aquí el ritmo repuesto permite que las escenas respiren. Existe una voluntad explícita de capturar el tiempo muerto: las conversaciones de sobremesa que se alargan, los silencios incómodos después de una discusión doméstica o la banalidad de los preparativos de una fiesta. La cámara de Sorogoyen abandona el nerviosismo de obras precedentes para fijarse en planes largos que respetan la continuidad de la acción y la veracidad de las interpretaciones.
Un texto elegante, brillante, atrevido, que huye de caer en el romanticismo o el dramatismo excesivo. Ana y Óscar encarnan las contradicciones de una generación que gestiona la precariedad vital, la dificultad del compromiso y el peso de la rutina urbana. La evolución de la pareja se lee a través del espacio que ocupan: de los pisos compartidos y la agitación de Madrid en busca de espacios más aislados o retrospectivos.
“Los años Nuevos” se impone como un ejercicio literario de primer orden por su capacidad de transformar el detalle cotidiano en una reflexión profunda sobre el peso de los años y la renuncia implícita que comporta madurar.