
Las manos que cuidan

Salud y cuidados
Edurne Iturmendi
Todos recordamos la figura de la criada. Aquella mujer con delantal, discreta y persistente, que sostenía la casa desde la sombra. Limpiaba, cocinaba, servía la comida, hacía la colada y respondía a cada demanda con una diligencia casi invisible. Su trabajo era cuidar: del hogar, de los niños, de los abuelos, del orden cotidiano. Un trabajo imprescindible, pero raramente reconocido como tal.
Hoy, las palabras han cambiado. Ya no hablamos de criadas ni de criadas, sino de trabajadoras del hogar, de auxiliares, de cuidadoras. El lenguaje se ha modernizado y profesionalizado, pero la esencia de la tarea —cuidar— sigue siendo la misma: sostener la vida diaria de los demás. Y, pese a los avances, también persiste cierta invisibilidad y precariedad.
La Organización Internacional del Trabajo define el trabajo del hogar y de los cuidados como “el trabajo que se lleva a cabo en uno o más hogares”, situándolo claramente en el ámbito laboral. Pero, sin embargo, el reconocimiento legal ha llegado muy tarde: en España se incorporaron al sistema de Seguridad Social en 1969 y hasta 2022 no obtuvieron derecho al paro. Esta demora deja claro cómo, durante décadas, cuidar se ha considerado un trabajo invisible y marginal.
En la época preindustrial, el servicio doméstico era más diverso y, a menudo, masculino. Con la industrialización del siglo XIX, muchos oficios vinculados a la casa se especializaron y ganaron reconocimiento: chóferes, jardineros, peluqueros o cocineros pasaron a ser trabajadores diferenciados, con mejores salarios y condiciones. Mientras, las labores cotidianas del hogar quedaron mayoritariamente en manos de mujeres. A principios del siglo XX, cerca del 90% del sector era femenino, formado sobre todo por mujeres jóvenes, muchas venidas de fuera, que vivían en la casa donde trabajaban. Así, el servicio doméstico se convirtió en una salida laboral marcada por el género y el origen social.
Situémonos ahora a inicios del siglo XXI. Hoy, muchas trabajadoras del hogar, además de limpiar y cocinar, también cuidan a personas mayores, a menudo en situación de dependencia. Algunas trabajan por horas; otros lo hacen como internas, con jornadas largas y fronteras difusas entre trabajo y vida personal. En Cataluña, en 2023 había cerca de 87.000 personas ocupadas en el sector del hogar y los cuidados, un 2,3% de la ocupación total. El 91,4% son mujeres y casi dos tercios proceden de países no comunitarios, sobre todo de América del Sur. No todas están afiliadas a la Seguridad Social.
Es un sector en crecimiento que descansa, en gran parte, sobre mujeres migrantes que afrontan dificultades de regularización y trabas para homologar sus titulaciones. Muchas asumen responsabilidades complejas —como cuidar a personas con Alzheimer u otras demencias— sin el reconocimiento ni la formación adecuada, como si el cuidado fuera una habilidad innata y no una competencia que requiere preparación, apoyo y derechos.
La baja valoración del trabajo del hogar y de los cuidados no es casual: se construye en la intersección de género, clase y origen. Y mientras seguimos considerando que cuidar es “natural” en algunas mujeres, el sector seguirá arrastrando precariedad e invisibilidad. Quizá el verdadero cambio no sea sólo de nombre —de criadas a cuidadoras— sino de mirada: reconocer, de una vez, que cuidar es trabajo esencial y que quien lo hace merece formación, derechos, sueldos dignos, protección y reconocimiento social.
Edurne Iturmendi es educadora social de la Fundación Uszheimer.