
la ciudad eliminará 24.000 árboles en la próxima década para luchar contra el polen amarillo
Hay tradiciones barcelonesas que abrazamos como orgullo, como el vermut al sol o las colas infinitas en San Jorgey luego hay otras que, sinceramente, preferiríamos borrar del mapa. Entre estas últimas, la medalla de oro se la quita, sin duda, esa capa de pelusa amarilla que cada primavera decide colonizar nuestros pulmones, balcones y ojos. Hablamos del fruto del platanero, ese vecino omnipresente que, aunque regala una sombra envidiable en pleno agosto, se ha convertido en el enemigo público número uno de cualquier nariz sensible en la capital catalana.
Si eres de los que sale en la calle en abril con el kit de supervivencia —pañuelos, gafas de sol y antihistamínicos—, te traemos una noticia que te va a dar un respiro, literalmente.
Un cambio de paisaje necesario
La ciudad ha decidido que ya es hora de diversificar su “cartera” vegetal. Actualmente, los plataneros son los reyes absolutos del asfalto barcelonés, representando casi un 27% del total de los árboles que vemos al andar por el Eixample o Sant Martí. Sin embargo, el consistorio mantiene firme su hoja de ruta para que esta cifra caiga en picado hasta el 12% en los próximos diez años. El objetivo final es que ninguna especie supere el 15% del censo total, buscando un equilibrio que haga de Barcelona un sitio menos monocromático y, sobre todo, menos irritante para las mucosas.
Esta transformación no se hará de la noche a la mañana con motosierras en diestro y sinistro, sino que seguirá un proceso natural y progresivo. A medida que los ejemplares más antiguos legan al final de su ciclo de vida o cuando se ejecuten nuevas reformas en los calles, los plataneros irán cediendo su trono a otros protagonistas como el almez, las tipuanas o las melias, que ya están ganando terreno en los últimos recuentos municipales.
La herencia del Plan Cerdà
Para entender por qué nuestras calles parecen una extensión de un bosque de plataneros, hay que viajar atrás en el tiempo, concretamente en la época en la que Ildefons Cerdà diseñaba su cuadrícula mágica. En ese momento, se optó por esta especie por una cuestión puramente pragmática: eran baratos, crecían rápido y daban una sombra espectacular para la época. Era la tendencia que venía de París y Barcelona no quiso quedarse atrás, plantándolos masivamente sin prever que, décadas después, la Red Aerobiológica de Cataluña daría alertas rojas por niveles “excepcionales” de polen.
Pero más allá de la salud pública, existe un factor de resiliencia urbana que preocupa a los expertos. Según el Plan Director del Arbolado de Barcelona, depender tanto de una sola especie es ponerle una alfombra roja en las plagas. Si un hongo o un insecto decidiera atacar específicamente al platanero, la ciudad se quedaría prácticamente sin sombra de un día para otro. Al introducir una mayor variedad de árboles, Barcelona se prepara mejor para los desafíos del cambio climático, asegurando que si una especie sufre, el resto pueda seguir manteniendo la ciudad fresca y verde. Así que, aunque el platanero no va a desaparecer del todo, pronto dejará de ser ese protagonista incómodo que nos hace llorar —de alergia— cada primavera.