
El neolítico: el origen de un mundo nuevo

Biología
Cristina Junyent
Con el fin de la última glaciación, hace unos 10.000 años, el cambio climático favoreció que en diversas regiones del mundo algunos grupos humanos empezaran a cultivar plantas y domesticar animales. Este proceso, conocido como neolíticorompió con la vida nómada de cazadores y recolectores y dio paso a nuevas formas de organización social, de tecnología y de relación con el territorio.
Al neolítico se asocian innovaciones como el aprovechamiento de la leche —testimoniado por restos de cerámica con trazas milenarias—, la mejora de los frutales, el arado y la producción de tejidos, vino y cerveza. Las consecuencias sociales fueron profundas: cambios en la alimentación, sedentarismo, crecimiento demográfico y una nueva división del trabajo. Aún hoy vivimos las consecuencias de esas decisiones.
El crecimiento demográfico —probablemente debido más al aumento de la natalidad que a una menor mortalidad— fue posible porque los grupos sedentarios podían tener un hijo cada dos años, a pesar de mantener una esperanza de vida de entre 30 y 40 años. Esto impulsó migraciones de expansión para ocupar nuevas tierras. Con técnicas más eficientes, agricultores y ganaderos recién llegados entraron en contacto con cazadores y cosechadores locales. La neolitización se difundió desde los centros de innovación hacia amplias regiones, que a su vez se convirtieron en nuevos focos de expansión, que difundían tecnologías, cultivos, animales y genes.
Los grandes focos de la revolución agrícola
Uno de los centros originarios del neolítico fue el del Creciente Fértilen Oriente Próximo, que se extendía en forma de media luna desde el golfo de Persia, bordeando Mesopotamia hasta la península del Sinaí. Además de la trilogía mediterránea —trigo, olivo y vid, profundamente arraigada en nuestra cultura y presente en la liturgia cristiana— se domesticaron también lentejas, cabras y ovejas.
El aumento de población impulsó tres rutas de expansión: hacia el noreste hasta el valle del Indo, hacia el norte de África hasta el Magreb y, atravesando Anatolia, hacia Europa. Estos movimientos contribuyeron a la difusión de lenguas que hoy forman las familias dravídica, afroasiática e indoeuropea, aunque su dispersión también podría corresponder a migraciones posteriores.
En este contexto, los primeros agricultores que llegaron a la Península Ibérica por la costa mediterránea, hacia el 5700-5500 antes de nuestra era, de origen genético mediterráneo y anatólico, se asentaron sobre el sustrato local de los cazadores-recolectores ibéricos, ya con trazas genéticas previas, al que se añadieron aportaciones mesolíticas de migraciones posteriores.
En el África sudsahariana, entre el bosque y la sabana, se cultivaron la palma de aceite, la sandía y el arroz y el ñame africanos. Grupos nilóticos ganaderos, altos y esbeltos procedentes del valle meridional del Nilo, desplazaron cazadores-recolectores hacia zonas más inhóspitas: los protopigmeos se adentrarían en la selva, y los san (bosquimanos) hacia el suroeste del continente, donde todavía hoy ocupan. En estos procesos también intervino la posterior expansión de pueblos de lengua bantu, aunque ya vinculada a la metalurgia del hierro.
En Extremo Oriente hubo dos centros neolíticos independientes: en el norte de China, con la domesticación de maíz, soja, cáñamo y cerdos, y en el sudeste asiático, basado en el arroz. Ambos núcleos acabarían confluyendo e intercambiando innovaciones, aunque se distinguieron dos grandes poblaciones: los protoxinos del norte, que se extenderían hasta Tíbet, Corea y Japón, y los del sur que poblarían el SE asiático, Melanesia y Micronesia. Más tarde, grupos procedentes del actual Taiwán se expandieron por la Polinesia, desde la isla de Pascua hasta Madagascar.
El taro, un tubérculo, originó un núcleo neolítico en Nueva Guinea, donde poblaciones aisladas en los valles montañosos desarrollaron una extraordinaria diversidad lingüística. En las Américas también hubo dos centros independientes: en Mesoamérica, el maíz, las calabazas y las judías se difundieron hacia el sur de Norteamérica; mientras que en la región andina las patatas, la quinoa, las llamas y las alpacas se esparcieron por la cordillera.
El coste de vivir mejor
El neolítico tuvo consecuencias para la salud. Barajar barro podía exponer los pies a hongos; moler el grano para hacer papillas causaba problemas de espalda y rodillas; y una dieta rica en cereales favoreció la aparición de caries, hasta entonces poco frecuentes. A pesar de aumentar las calorías disponibles por persona, la dependencia de pocos cultivos incrementaba la vulnerabilidad en el hambre y la malnutrición. El empobrecimiento de la dieta dejó rastro en muchos esqueletos de los primeros yacimientos neolíticos, con claros signos de anemia.
El estrecho contacto con animales facilitó el salto de nuevos patógenos a los humanos —gripe porcina o aviar, tuberculosis bovina—, mientras que los asentamientos densos favorecieron la propagación de epidemias. Los primeros grupos ganaderos probablemente sufrieron mortalidades muy elevadas hasta alcanzar cierta inmunidad. El comercio y los desplazamientos, que difundían genes, lenguas, animales, plantas, utensilios y también gérmenes, permitieron que las enfermedades se esparcieran entre regiones, con pérdidas de hasta el 60 y el 90 % en poblaciones no inmunizadas.
Si el impacto de los cazadores-recolectores sobre los ecosistemas era limitado, el de los grupos neolíticos ya se hacía notar. Necesitaban mucha más energía que la requerida por persona: alimentar al ganado, obtener leña, desbrozar campos y practicar la tala y quema, lo que incrementó la presión sobre el territorio.
También se produjeron cambios sociales. Había que gestionar y proteger los excedentes agrícolas. Y los asentamientos crecieron para hacer frente a peligros naturales, animales salvajes y grupos rivales. Estas transformaciones hicieron el mundo más seguro y sentaron las bases de las futuras edades de bronce y hierro.