Cuando el activismo y el voluntariado se convierten en comunidad y cuidado


En 2018 oí por primera vez hablar de Salut Mental Catalunya (SMC), cuando participé en un taller de empoderamiento en primera persona. Ese momento marcó un punto de inflexión en mi vida, después de recibir la resolución de incapacidad. Como ocurre en muchas trayectorias, el activismo no llegó desde la nada, sino a partir de una experiencia de sufrimiento.

Primero fue el activismo, y después el voluntariado. Ambos caminos me permitieron, por primera vez, sentir que pertenecía a algún sitio: a la comunidad de salud mental. Un espacio donde las vivencias no hace falta explicarlas desde cero, donde hay reconocimiento, y donde la voz propia toma valor.

El activismo me puso en contacto con un mundo más reivindicativo y de lucha contra el estigma y defensa de los derechos del colectivo. A pesar de compartir los objetivos, pronto me di cuenta de que no todas las formas de participación me encajaban. Las dinámicas, a menudo intensas, me desbordaban emocionalmente. Con el tiempo he entendido que esto también forma parte del activismo: no sólo es motor de transformación social, sino también un espacio que puede generar desgaste si no se cuidan los ritmos, los límites y las personas.

Fue entonces cuando me adentré en el voluntariadoparticipando en charlas antiestigma, apoyo entre iguales, talleres de empoderamiento, Grupos de Ayuda Mutua (GAM)… Todos estos sitios se convirtieron en espacios de cuidado, apoyo mutuo y equilibrio emocional. Espacios que son clave para el bienestar, como evidencia el estudio Voluntariado y activismo en salud mental: impactos en el bienestar y la ciudadanía, publicado recientemente por SMC y la UB.

Para mí, el mayor beneficio que me ha aportado la participación, y también compromisocon el voluntariado, ha sido la calidad de los vínculos que he ido tejiendo: vínculos de cuidado, confianza y apoyo mutuo. Estas conexiones son las que dan sentido a la participación y las que realmente sostienen el bienestar. A través de ellas, también he podido realizar un cambio de rol: de recibir apoyo a ofrecerlo. Y ese paso ha sido fundamental en mi proceso de empoderamiento.

Por el camino, además, también he tenido que aprender a poner límitesgestionar y encontrar espacios de autocuidado, también fuera del ámbito de la salud mental. Porque si queremos un activismo sostenible, es necesario poner los cuidados en el centro y entender que el bienestar no es sólo individual, sino también colectivo.

Estos espacios de participación también nos interpelan como sociedad. A menudo, el activismo emerge como respuesta a carencias del sistema: experiencias de desatención, vulneración de derechos o falta de recursos. Pero, al mismo tiempo, genera una poderosa contranarrativa que cuestiona el estigma y transforma la mirada social sobre la salud mental, dando protagonismo a las experiencias en primera persona.

Quiero agradecer formar parte de este mundo a todas las personas y entidades que han caminado conmigo ya las que seguro encontraré en un futuro. Todas ellas me han ayudado a mejorar, como activista y persona.

Aún queda mucho trabajo por construir una salud mental más inclusiva, social, humana y participativa. Pero también sé que no partimos de cero: hay red, hay vínculos y comunidad. Y es desde aquí que voy a seguir caminando.

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