Crece el abandono docente: ¿quién querrá ser profesor y en qué condiciones en diez años?


Las movilizaciones y huelgas docentes que estas semanas se han producido en Catalunya y en la Comunidad Valenciana han vuelto a situar la educación en el centro del debate público. Las reivindicaciones son diversas: reducción de ratios, mejora de las condiciones laborales, estabilidad de las plantillas o más recursos para atender a la diversidad del alumnado. Sin embargo, detrás de estas demandas se vislumbra una cuestión de fondo que a menudo pasa desapercibida: cada vez resulta más difícil no sólo encontrar profesores, sino también mantenerlos en la profesión.

En este sentido, las huelgas pueden interpretarse no sólo como una reclamación laboral, sino también como la expresión de un fenómeno más amplio: el progresivo desgaste de una profesión que durante décadas había sido considerada un pilar fundamental de cohesión y progreso social.

La carencia de docentes ya no es un problema puntual ni exclusivo de algunas especialidades. Se trata de un fenómeno global que empieza a evidenciarse también en el territorio catalanohablante y en el resto del estado. La UNESCO estima que el mundo necesitará decenas de millones de docentes adicionales en los próximos años para garantizar una educación de calidad.

La cuestión, por tanto, no es sólo cuántos docentes habrá que formar, sino por qué algunos de los que ya están en las aulas deciden dejarlas.

Una crisis de la profesión docente global

Los datos de la OCDE indican que países como Dinamarca, Estonia, Reino Unido o Bélgica registran porcentajes significativos de docentes que abandonan voluntariamente la profesión. A su vez, muchos sistemas educativos tienen dificultades para cubrir vacantes en materias como matemáticas, ciencias, tecnología o lenguas.
No se trata de un problema local ni circunstancial. En contextos educativos muy diversos se observa una preocupación común: cada vez cuesta más atraer a nuevos docentes y, sobre todo, retener a los que ya tienen experiencia.

Durante años pensó que la enseñanza era una profesión estable, incluso privilegiada. Pero las transformaciones sociales y los cambios en las expectativas laborales han transformado su percepción. Al igual que en otros sectores, muchos profesionales se preguntan si las exigencias emocionales y burocráticas de su trabajo compensan los beneficios que obtienen.

Cuando las plazas quedan vacías

En Cataluña, el problema se hace especialmente visible al inicio de cada curso. Algunas especialidades, especialmente las técnicas y tecnológicas, acumulan difíciles vacantes de cubrir. Los datos disponibles indican que existen nombramientos que quedan desiertos y centros que tienen dificultades para encontrar profesorado cualificado.

Esta realidad tiene consecuencias directas sobre los centros educativos y sobre el alumnado. Cuando una plaza no se cubre rápidamente, aumenta la carga de trabajo de los equipos docentes, se dificulta la continuidad pedagógica y se genera una sensación de inestabilidad que afecta al conjunto de la comunidad educativa.

La carencia de profesorado acaba repercutiendo en toda la cadena educativa: desde los equipos directivos que deben reorganizar horarios hasta los alumnos que ven alterada la continuidad de sus clases.

Sin embargo, la falta de profesores es sólo una parte del problema. Hay otra menos visible: cada vez hay más docentes que se plantean marcharse. En este contexto, surge una cuestión relevante: ¿qué está pasando para que una profesión tradicionalmente asociada a la vocación, la estabilidad y la contribución social genere hoy tantas dudas entre parte del profesorado?

“Ya no me dedicaba a enseñar”

Diferentes testimonios de profesores que han abandonado la docencia después de años de experiencia permiten comprender mejor lo que hay detrás de las estadísticas.

Ninguno dejó la profesión por una única razón. Las causas aparecen entrelazadas: creciente burocracia, dificultades de gestión del aula, falta de apoyo institucional, desgaste emocional y sensación de no poder desarrollar adecuadamente la tarea educativa. No existía un único momento de ruptura, sino una acumulación de pequeñas tensiones que, con los años, fueron erosionando la satisfacción profesional.

Algunos señalan que había llegado a un punto en el que se dedica más tiempo llenando informes que preparando clases. También se identifica una percepción de responsabilidad frente a problemas sociales, emocionales y familiares para los que no se dispone de formación específica. Por último, también se describe la sensación de agotamiento ante conflictos cotidianos que se repetían día tras día.

Estos testimonios ponen de manifiesto una idea recurrente: la sensación de alejarse progresivamente de lo que les había llevado a ser docentes. No era tanto una pérdida de vocación como la percepción de no poder ejercitarla plenamente.

Las huelgas, más allá de una cuestión salarial o laboral

Las movilizaciones actuales pueden interpretarse desde esa perspectiva. Más allá de demandas concretas, pueden entenderse como la expresión de un malestar acumulado durante años. Por eso, reducir las huelgas a una cuestión salarial o laboral sería una lectura incompleta. Lo que se observa en muchas de las reivindicaciones es una preocupación más profunda sobre las condiciones en las que se desarrolla la labor docente.

Cuando los docentes reclaman menos burocracia, más recursos o mayor apoyo para gestionar la complejidad de las aulas, no sólo defienden sus derechos laborales. También ponen de manifiesto las condiciones que hacen sostenible -o insostenible- la profesión.

La paradoja es significativa. Nunca se había pedido tanto en la escuela y, al mismo tiempo, nunca había sido tan complejo el ejercicio de la docencia. Los docentes desempeñan hoy funciones que van más allá de la docencia, como mediadores, orientadores, referentes emocionales y gestores de situaciones sociales cada vez más diversas y complejas.

El reto no es sólo captar profesores

Tradicionalmente, las administraciones han abordado la carencia de docentes intentando aumentar la oferta de nuevos profesionales. Pero las experiencias internacionales indican que captar profesorado es sólo parte de la solución. Tan importante como incorporar nuevos docentes es conseguir que los que ya están ahí continúen en la profesión.

La pregunta decisiva es la siguiente: ¿por qué algunos docentes optan por abandonar la profesión? Si no se actúa sobre las causas del desgaste profesional, cualquier estrategia de captación terminará siendo insuficiente. Formar a nuevos profesores es imprescindible, pero también lo es retener al profesorado existente.

Las huelgas de estas semanas evidencian una realidad central: el futuro de la educación no depende sólo de los currículos, de la tecnología o de las reformas legislativas. Depende, sobre todo, de que siga habiendo personas dispuestas a entrar cada mañana en un aula.

La buena noticia es que muchas de las causas que explican el malestar docente no son inevitables. Las políticas educativas, el soporte institucional, la simplificación burocrática, la formación y el reconocimiento profesional constituyen factores clave en este sentido.

(Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation. Puede leer el original aquí)

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