Capítulo 22 – Aquí estás todavía – MUERTE es la primera palabra que te viene a la cabeza cuando un médico dice las tres palabras clave – Las historias del abuelo Josep


MUERTE

Ésta es la primera palabra que te viene a la cabeza cuando un médico dice las tres palabras clave. CANCIERO. TUMOR. MALIGNO.

En ese momento, todo tu mundo se desmorona. Todo lo que llevabas años construyendo, se desmorona. Por más fuertes que fueran los cimientos, se desmorona. Por más gente que intente aguantarlo, se derrumba. Y tú, te derrumbes con él.

Has entrado en el hospital con dudas pero con esperanza. Nunca se pierde la esperanza. Y siempre piensas que podría ser que no. El corazón te va a mil. Y no puedes ni respirar. Te ahogas. Y sales del hospital totalmente distinto. En ese momento no tienes ni un ápice de esperanza, la has perdido toda. El corazón se te detiene y sólo sientes tu respiración. Andas sin rumbo. No sabes qué hacer. Llamar a alguien o no decir nada. ¿Qué ha dicho el médico exactamente? Sigues caminando. Se te acumula uno no sé qué en el pecho que intentas tragar pero no baja. ¿Qué ha dicho el médico exactamente? Y sigues caminando. Y sigues. Y sigues. ¿Qué ha dicho el médico exactamente? Y de repente aquél no sé qué del pecho sube y explotas.

Todos pequeños nos hemos imaginado recogiendo un premio y agradeciendo a la familia el apoyo. Nos hemos imaginado cómo sería nuestra boda. Nos hemos imaginado cómo sería el momento de tener un hijo, o cómo sería el momento de tener 2 o 3. Incluso nos hemos imaginado cómo será el momento en que nos falte la madre, o el padre. Pero nunca nadie imagina ese momento. ¿Nos preparan por la muerte pero y por el miedo? Nos preparan para la muerte pero y para intentar luchar, para aguantar este proceso, ¿quién nos prepara? Y para acompañar a quien más quieres a luchar oa morir, ¿quién nos prepara?

No, a mí nunca me han detectado ningún cáncer, de momento. Le han detectado a mi hijo.

NUNCA IMAGINÉ ENCONTRARME

Y LEVANTARME Y NO PODER ANDAR

MIRARME SINO SABER QUIEN ERA

Y ESA LUZ DEL SOL QUE ENTRABA SIEMPRE ENTRE CORTINAS

NO CALENTABA IGUAL

LEÓN EL INVIERNO EN PRIMAVERA

Y NO QUERÍA VERTE MAS SONRIENDOTE A MI VERA

Y QUE DÍRIAN LOS MAYORES, MIENTRAS YO, NO ME QUERÍA

MANTENÍAS TÚ LUGAR, Y CURABAS LAS HERIDAS

Y NO SABEMOS EL FINAL, PERO AQUÍ ESTÁS TODAVÍA.

En pleno proceso de desesperación busqué y busqué por internet cosas. No sabía lo que buscaba, artículos, soluciones, ni idea. Y me topé con esta canción “Estás aquí todavía” que justamente dedica una persona enferma a su acompañante. “No quería verte más sonriendo a mí vera pero mantenías tu sitio y curabas las heridas y no sabemos el final, pero aquí estás todavía”.

Que a ti te detecten un cáncer es lo peor que puede pasarte. Que le detecten a tu hijo es directamente una muerte en vida, por ti. Y evidentemente quien lo sufrirá en su propia piel será él y no yo. Ya lo sé. Y si desea abrimos el melón. ¿Qué es peor quien se va o quien se queda? No, no la abriremos porque no hay respuesta posible.

Hace un tiempo oí un famoso en la tele hablando de que la habían tenido que operar de vida o muerte y decía que lo que más grave le sabía de morir era justamente dejar en su entorno, huérfanos de él, huérfanos de su amistad. Que él no quería que sus amigos vivieran toda su vida arrastrando su muerte. Y pensé, que egocéntrico pensar que la vida de los demás cambiará si tú no estás. ¿Y tú qué sabes? ¿No? Y encima lo decía llorando haciendo un drama. Y ahora creo que no. Que realmente no entendí nada de lo que decía ese hombre. Que sufría por los demás, porque sabía que su familia no podrían seguir la misma vida sin él. Y es así. No se puede. No se puede seguir la vida. Y la putada es que debes seguir. Y ahora no hablo de la muerte. Hablo del proceso.

Mi hijo le detectaron un cáncer a los 33 años. Ya no vivía en casa, vivía solo en Barcelona. Visitas. Médicos. Más visitas. Más médicos. Tratamientos. Quimo. Más quimio. Mareos. Vómitos. Y quimo. Más quimio. Yo no le acompañaba a todo esto. ¿Alguna vez sí, pero muchas no. Yo trabajaba. Cuando a tu hijo de 33 años le detectan un cáncer, su vida se detiene, pero la tuya no. Tú debes seguir yendo a trabajar, debes seguir viviendo en tu casa, debes seguir con todo lo que hacías hasta el día en que todo cambió. Me acuerdo perfectamente del día en que él, con 33 años, un chico que siempre había sido muy independiente, que vivía solo en Barcelona desde hacía 10 años, incluso con un punto de lo que llaman “desapego”, tuvo que volver a casa. Lo vi entrar, con esa mirada de quien algo ha perdido, y casa de repente era un lugar desconocido. Su independencia, sus proyectos, sus amigos; todo parecía ir bien, y de repente, un gigantesco muro bloqueó su camino. “Mamá, necesito ayuda”, me dijo. Aquellas palabras, tan sencillas, fueron como un pinchazo en el corazón. Mi criatura, aquel hombre que había aprendido a volar solo, tan independiente desde tan joven, que no quería que le llamara cada día, ahora necesitaba que alguien le cogiera de la mano.

Los primeros días fueron un caos. Como si el tiempo hubiera dejado de pasar, todo lo importante antes de su diagnosis desapareció. El trabajo, las actividades, las conversaciones triviales… todo perdía su significado. Él tuvo que parar y yo decidí parar con él. Dejé mi trabajo. Y no os engañaré que lo hice con el corazón encogido, porque era el trabajo que siempre había soñado, me encantaba ir a trabajar y hacía sólo 5 años que lo había logrado. La gente me decía, cógete la baja o una excedencia. Pero yo no me veía en corazón de tener esa presión de tener que volver, y lo antes posible por el bien del equipo. No sabía cuándo volvería, ni si volvería. Doy. “Quizá algún día regrese”, pensaba.

Las visitas en el hospital se convirtieron en nuestra nueva rutina. Él, sentado en esa cama, con tubos y máquinas alrededor, y yo a su lado, intentando hacerle reír, intentando que no se sintiera solo. Pero en el fondo, la angustia y la impotencia me consumían. Me sentía como una espectadora de su lucha, sin poder hacer otra cosa que acompañarle. Cuántas veces diría que he repetido la frase: “Ojalá me hubiera pasado a mí” o “Te cambiaría ahora mismo la situación”. A mí tampoco me tocaba, pero a él menos.

A medida que pasaban los meses empecé a aprender. Cada sesión de quimioterapia, cada revisión, cada pequeño avance y cada retroceso me mostraban el verdadero significado de la fuerza. Él luchaba con todas sus fuerzas, mientras yo, como una madre, me preguntaba qué podía hacer para aliviar su carga. A veces, sólo era un abrazo. Otras veces, un silencio compartido. O una broma que hacía que se riera, como si la enfermedad no estuviera presente.

La vida se convirtió en momentos. Momentos de miedo, momentos de risa, momentos de desesperación, momentos de calma. Aprender a vivir en el ahora, a apreciar las pequeñas cosas que antes ni teníamos en cuenta. Esas charlas en el sofá, las películas vistas juntos, las pausas en la cocina mientras preparábamos el almuerzo. Todo parecía más valioso, más precioso. La vulnerabilidad nos hizo más cercanos. La enfermedad volvió a unirnos, nos hizo vivir tantos momentos bonitos que incluso a veces se nos hace extraño pensar que ha habido una parte buena. Está claro que la muerte era un pensamiento constante, pero aprendimos a no dejar que nos ahogara.

En un momento dado, me di cuenta de que él había dejado de ser sólo mi hijo; se había convertido en un maestro. Cada vez que sonreía a pesar del dolor, cada vez que compartía sus sueños futuros, me recordaba que la vida, sin embargo, es un regalo. Y que el amor que sentíamos uno por otro era lo que realmente importaba. Y yo me sentía fatal porque pensaba que no podía ser que mi hijo, enfermo y con 33 años tuviera que estar dando lecciones a mí. Pero es que lo hacía, en cada momento, en cada segundo.

El proceso no fue fácil, y todavía no lo es. El camino de la recuperación se hizo largo, con altibajos. A veces parecía que los días eran eternos, y otras, las horas pasaban volando. Pero cada día, cuando mirábamos a los ojos, sabíamos que estábamos juntos en esta batalla. Que no había soluciones fáciles, pero sí una fuerza inquebrantable entre nosotros.

A medida que se recuperaba, su independencia iba apareciendo, y yo me sentía orgullosa de lo que había aprendido de él. Y así, con cada paso que daba, aprendí que el amor puede resistir incluso a las tormentas más feroces. Que no importa lo que ocurra, siempre hay una razón para seguir luchando.

Él lo tuvo claro, en cuanto pudo regresó a su vida, a su piso, a sus amistades, al trabajo. No le costó nada recuperar toda esa red, todo ese entorno. Y yo, me quedé vacía. Por segunda vez. No es un reproche esto. Sólo os cuento cómo me sentí. A mi hijo ya le he dicho muchísimas veces pero volví a tener esa sensación del nido vacío. Yo lo dejé todo por él, y lo haría millones de veces, pero para mí con 60 años recuperar el trabajo, la vida, mi entorno, fue literalmente imposible. Mi vida también cambió por completo. Y aprendí a reinventarme, una vez más, gracias a él. Y por eso hoy estoy aquí, con vosotros, porque tuve claro que lo que quería hacer era acompañar a personas que acompañan, como vosotros. Usted que acompaña a sus hijos, madres, padres, hermanos, amigos. Son imprescindibles. No puede desaparecer y es muy duro. Es duro porque parece que tenga que aguantarlo todo, que no pueda llorar delante de ellos. “Ante suyo nos hacemos los duros”. No. No lo haga. Muéstrese tal y como sois, la vulnerabilidad, el agotamiento, el cansancio, la pena, la esperanza. Todo. Y deje la vida que tenía si lo cree necesario y tanto. Yo estaré a su lado para acompañarle a vosotros, a los acompañantes. Puede contar conmigo.

Y no tenga miedo. Tenga miedo de perder la vida, pero no de lucharla, porque no está solo. La vida nos ha enseñado que no somos huérfanos de nuestras experiencias, ni de las personas que amamos. Sus ausencias pueden ser dolorosas, pero sus vidas y luchas se quedan grabadas en nuestros corazones. Y en este proceso de aprendizaje, he entendido que el miedo y el amor pueden convivir, y que, incluso en los momentos más duros, la luz siempre encuentra una forma de brillar.

SÉ QUE NO HA SIDO FÁCIL PARA LOS DOS

HEMOS LLORADO MÁS SINO MIRARNOS A LOS OJOS

QUIZAS MAÑANA YA NO QUEDAN FUERZAS PARA VOLAR

PERO ME ANIMARÁ QUE RECORDEMOS NUESTROS JUEGOS

Y NO QUERÍA VERTE MAS SONRIENDOTE A MI VERA

Y QUE DÍRIAN LOS MAYORES, MIENTRAS YO, NO ME QUERÍA

MANTENÍAS TÚ LUGAR, Y CURABAS LAS HERIDAS

Y NO SABEMOS EL FINAL, PERO DA IGUAL

ESTÁS AQUÍ TODAVÍA

CANTAME NUESTRA CANCIÓN

CELEBREMOS ESTA VIDA

Y NO TE ALEAS DEL TIMÓN

NI DEL RUMBO FINA LA ORILLA

GRACIAS MIEDO SEGUIR AQUÍ

TÚ SONRISA SE MI DÍA

Y NO ME ALEJARÉ DE TI

TÚ CALOR ME DA LA VIDA

NO VOY A ABANDONARME NI UN MINUTO MÁS

PORQUE TENGO EN MÍ

UN PEDACITO DE TI SONRISA

LO IMPORTANTE DEL CAMINO SE PODER SEGUIR

GRACIAS POR ESTAR

SOIS LA FUERZA QUE UNO NECESITA



Source link