“Hoy no tengo sólo una vivienda; tengo una parte de la dignidad que durante años perdí por el camino”


Hace unos días ATRA asistió a la entrega de claves dea nueva promoción de vivienda asequible de la Isla Siberiaen el barrio del Poblenou de Barcelona. Gracias a un convenio firmado con Hábitat3, uno de los pisos es para una usuaria de la ACTUA Mujer, quien nos ha hecho llegar unas palabras de agradecimiento que queremos compartir. Su texto nos ha emocionado profundamente porque explican, desde la vivencia, lo que significa acceder a una vivienda cuando durante años sólo se ha conocido la incertidumbre. Su relato nos recuerda que un hogar es mucho más que cuatro paredes: es estabilidad, dignidad, seguridad y la oportunidad de empezar una nueva etapa y construir un proyecto de vida.

“A todo el equipo de ATRA, ACTUA Mujer y Hábitat3:

Hoy he ido a firmar el contrato de la vivienda y me han entregado las llaves.

Pensaba que sería un trámite más. Una firma. Unas lavas. Un papel. Nada más.

Me preparé para ello intentando mantener la calma, siendo práctica, consciente de que sólo era un paso dentro de un proceso mucho más largo.

Pero al salir, cuando una de ustedes me dio la enhorabuena, ocurrió algo que no esperaba.

No supe reaccionar.

No sonrió. No reí. No celebré.

Me quedé en silencio y empecé a llorar.

Y después he entendido por qué.

Porque para muchas personas hoy solo me han entregado las llaves de un piso.

Para mí, hoy me han entregado algo que levanto toda una vida buscando.

Una llar.

Quizás sea difícil de explicar para quien siempre ha tenido un sitio al que volver. Un sitio propio. Unas llavas en el bolsillo que siempre fueron suyas.

Yo no me acuerdo de haber vivido así.

He pasado gran parte de mi vida entrando en casas que nunca llegaron a ser mías.

La casa de mis padres. La casa de otras personas. Habitaciones compartidas. Centros de menores. Casas ocupadas. Pisos en los que vivía a cambio de algo. Hogares provisionales que parecían permanentes hasta que, por una razón u otra, todo volvía a romperse.

Aprendió a no agarrarme demasiado fuerte a los lugares porque tarde o temprano terminaban desapareciendo.

Por eso hoy, mientras leíamos el contrato en voz alta, no estaba leyendo únicamente unas cláusulas.

Estaba leyendo el peso de una responsabilidad que nunca antes había sostenido.

Estaba leyendo una realidad nueva.

Las llaves que abrirán una puerta tras la que nadie me está haciendo un favor.

Las llavas de una vivienda que no pertenece a mis padres.

Ni a mis parejas.

Ni a mis suegros.

Ni a una institución.

Ni en un centro.

Ni a nadie que pueda retirarme el techo de un día para otro.

Por primera vez estaba sosteniendo algo que también hablaba de mí.

Y eso da vértigo.

Mucho vértigo.

Porque cuando una se acostumbra a luchar contra el mundo, a construir con las manos vacías, a sobrevivir más que a vivir, la tranquilidad también asusta.

Estoy acostumbrada a pelear.

A empezar de cero.

A reconstruirme.

A improvisar hogares donde sólo había refugios temporales.

Y, sin embargo, hoy sostenía unas llavas reales.

Las de Calle Badajoz número 13.

Y aunque para cualquiera puedan ser simplemente unas lavas, para mí representan algo inmenso.

Representan la posibilidad de que mi hija tenga una habitación que pueda llamar suya.

Mi niña.

La niña que ha visto demasiados cambios.

Demasiados despedidas.

Demasiadas habitaciones prestadas.

Demasiadas piernas heredadas.

La niña que todavía mira todo esto con cautela porque aún le cuesta creer que algo pueda quedarse.

Y representan también la posibilidad de que mi hijo crezca como algo que yo nunca tuve: estabilidad.

Hoy no me he dado únicamente una vivienda.

Me he devuelto una parte de la dignidad que durante años fui perdiendo por el camino.

Porque ustedes conocen mi historia.

Conocéis mis caídas.

Conocéis mis errores.

Conocéis mis miedos.

Pero también he visto mi esfuerzo.

Mi lucha.

Mi resistencia.

He estado presentes cuando yo ya no veía salida.

Cuando el dolor ocupaba todo el espacio.

Cuando renunciaba a mí misma.

Cuando pensaba que no merecía seguir adelante.

ATRA me encontró en uno de los momentos más oscuros de mi vida.

En un momento en el que había dejado de creer en el futuro.

Y hoy, años después, me encuentro aquí.

Con un compañero de vida.

Cono dos hijos.

Cono esperanza.

Y con unas llavas entre las manos.

Recuerdo perfectamente algo que me deiste durante el proceso.

Que esta vivienda, antes de ser nuestra, era mía.

Y no entendió del todo el significado de esas palabras hasta hoy.

Porque por primera vez siento que alguien ha visto más allá de mis circunstancias.

Más allá de mis heridas.

Más allá de mis diagnósticos.

Más allá de mis errores.

Y ha decidido apostar por mí.

Por la persona.

Por la mujer.

Por la madre.

Por todo lo que he luchado para seguir siendo.

Quizá por eso no supe daros las gracias en ese momento.

Porque ninguna palabra me parecía suficiente.

Porque “gracias” se quedaba pequeño.

Porque lo que hoy he hecho no es únicamente entregarme una vivienda.

Se entregará una oportunidad.

Una oportunidad de construir recordes donde antes solo hubo supervivencia.

De crear una casa donde antes solo hubo refugios.

De aprender, por fin, que quedarse también es posible.

No sé qué traerá el futuro.

Todavía tengo miedo.

Todavía siento vértigo.

Todavía me cuesta creer que algo bueno pueda durar.

Pero sí sé algo.

Que hoy, por primera vez en mucho tiempo, he abierto una puerta que no conduce a un despedida.

Y eso, para alguien con mi historia, es un regalo inmenso.

Gracias por sostenerme cuando yo no podía hacerlo.

Gracias por andar a mí lado.

Gracias por creer en mí cuando yo había dejado de creer.

Y gracias por ayudarme a legar hasta aquí.

No olvidaré nunca lo que he hecho por mí y por mis hijos.



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