El Sur y el anuncio de Estrella Damm



Sarrià Blues

Aitor Romero Ortega

Hace poco le leí alguien que el Tercer Mundo empezaba en el preciso momento en que se veían señores sin camiseta por la calle. Reconozco que el hallazgo me hizo gracia. Me acordé de golpe de los veranos que pasaba en casa de mi abuela en un barrio popular de la ciudad de Alicante. En pleno mes de agosto no era difícil encontrarse, en la terraza del bar de abajo, sin ir más lejos, señores de cincuenta años echándose una cerveza a pecho descubierto y peludo como quien no quiere la cosa. Y a mí aquello me parecía la viva imagen del surde un sur salvaje e inmortal.

Las camisetas imperio, recordé también, que es fácil encontrar todavía en cualquier calle de Nápoles o Catania, y que aparecen a menudo también en las películas americanas que transcurren en el Bronx italiano, donde los hombres (ahora pienso en el joven De Niro), a menudo enfurecidos, salen de casa después de una discusión conyugal y van por el barrio ves. Supongo que una cierta idea del sur parte justamente de esto, de la ausencia de una división clara entre el espacio público y el doméstico.

Escribe Luis Cernuda en un conocido poema suyo: “El sur es un desierto que llora mientras canta”. Y diría que en esta fórmula sintética, donde se puede encontrar el rastro del blues o del flamenco, también está perfectamente contenida con toda su trágica fuerza la idea del sur.

Una idea, todo sea dicho, de que poco o nada tiene que ver con la geografía física y mucho más con lo emocional. El sur existe porque hay un norte que le sueña y viceversa. Uno se convierte en sur en relación con los demás y no por voluntad propia. Quizá por eso puede sorprender que Perpiñán, por poner sólo el ejemplo de una ciudad cercana, sea en realidad un sur mucho más evidente que Barcelona. Un sur del norte, un sur definitivo. Por el contrario, los catalanes peninsulares nos autopercibimos como una especie de norte mediterráneo. Cosas del noucentisme, del de antes y del de ahora que hace anuncios de Estrella Damm estéticamente perfectas que aspiran a definir una nueva mediterraneidad impoluta y de un blanco inmaculado. Ni un papel en el suelo y ni un moro en el anuncio, si me permiten el exabrupto. De modo que para nosotros el sur, dicho rápido y mal, son siempre los demás, ya sean valencianos, andaluces o norteafricanos. Sin ser demasiado conscientes de que para media Europa el sur, nos guste más o menos, somos nosotros mismos. No tenemos escapatoria.

En fin, diría que la cosa sigue así hasta el infinito. Para alguien de la zona alta de Barcelona (como serán los lectores de este diario, seguramente) el sur es el Raval, antes conocido como el Barrio Chinodonde uno va a buscar la aventura de noche, el deleite de lo imprevisto, pero donde no quiere quedarse a vivir ni medio minuto. Lo podemos reconocer sin hipocresías, estamos en familia. Y entre las diferentes estaciones (usted lo saben mejor que yo) el sur definitivo es el verano, ese tiempo fuera del tiempo que arde más allá de los calendarios. Y todo el mundo quiere vivir el verano, atravesarlo con la máxima intensidad, ahogarse un poco incluso, como un viajero temporal o un turista atrevido, para volver después a esa cotidianidad aburrida donde todo toma forma de nuevo, para expiar sus pecados.

Todo el mundo o casi todo el mundo, diría, porque yo mismo, si pudiera, reconozco sin vergüenza que me quedaría a vivir para siempre en ese sur estacional de ciudades vacías y días parados en el que parece que no ocurre nada cuando justamente ocurre todo. Un verano eterno. Mi país.



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