Vivir una semana de casal de verano en la residencia de los abuelos: “Aprendemos de ellos y ellos aprenden de nosotros”


El final de las clases comporta la aparición de largas horas en casa que durante el año los niños invierten en la escuela y en actividades extraescolares, una situación que muchas familias cubren con los casales de verano. En Sant Cugat del Vallès, la residencia Amavir lleva cinco años ofreciendo a las familias de sus usuarios convertir la primera semana de las vacaciones en una oportunidad para que los pequeños de la casa pasen tiempo con sus abuelos con un casal en el que comparten comidas, actividades e intercambio de historias: “Aprendemos de ellos, y ellos aprenden de nosotros”, explica la Noa, experiencias de los abuelos y también contarles cosas que hacen los niños de hoy en día.

La empresa inició esta experiencia hace 15 años en las residencias de la firma en Navarra, y hace unos cinco años que se llevan a cabo en Sant Cugat, una de las tres que tiene en Catalunya, junto con las de Barcelona y Teià. La idea parte de abrir puertas a niños de 6 a 12 años que sean limpios o bisnietos de usuarios, pero también a otros niños que tengan una relación directa con ellos. La experiencia, además, está abierta a hijos de trabajadores, una herramienta para facilitar la conciliación en una semana que a menudo queda en tierra de nadie por la presencia de la festividad de San Juan.

“Es una opción para que las familias trabajen en las dinámicas del centro, durante el año hacemos actividades, pero los niños tienen clase y extraescolares, y así podemos crear vínculos, ganar dinamismo y aportar alegría”, explica Xenia Dumont, educadora social y coordinadora de actividades de la residencia. A rutina arranca a primera hora, cuando los niños llegan al centro y suben a la planta de las habitaciones, donde saludan a los abuelos.

A continuación, desayunan juntos y realizan actividades, primero por su cuenta, como jugar con agua en la piscina habilitada en el exterior esta semana, o en fútbol o voleibol. Ya dentro, y para resguardarse del calor intenso que está haciendo esta primera semana de verano, niños y abuelos juegan juntos en la sala de psicomotricidad, ya sea en fútbol, ​​baloncesto, en globo o en bolos, todo ello adaptado a la movilidad, a menudo limitada, de los residentes.

“También realizan actividades, como buscar tesoros, gincanas o manualidades que hacen para decorar el centro por Sant Joan, pero también preparan bailes para, al terminar la sesión de gimnasio, dedicarlos a sus abuelos”, añade Dumont. Después de comer, y coincidiendo con las horas de más calor, los niños ven una película, y después vuelven a realizar actividades con los abuelos, como karaoke.

Dumont explica que los abuelos reciben con mucha alegría esta semana. “Hay quienes no participan durante el año en las actividades ni en las fiestas lúdicas, y estos días bajan, otros que son dependientes y que no acaban de poder establecer vínculos voces su expresión facial, y se nota mucho”, añade. La actividad les permite establecer una mejor conexión y aportan un plus al centro, con sus voces, el ir y venir constante a una velocidad muy superior a la que suele haber y con las ropas que llevan, con colores habitualmente muy alegres.

“Ver a los niños en la piscina o correr les da vida, sabemos que hay residentes que no tienen familia o que a menudo no reciben visitas porque están fuera o los han perdido, y que haya niños en el centro les recuerda cómo eran ellos antes”, explica Elisabeth Mota, trabajadora social de la residencia.

Un día, una alegría

La llegada de los niños esta semana genera un cambio en la residencia, donde el movimiento se nota desde que entran, a primera hora, hasta que se marchan, por la tarde. “Aportan alegría, cambian la monotonía del día a día, todo es un ir y venir, ríen, saltan, bailan, y todo es extraordinario”, explica Palmira Collado, residente del centro.

Asegura que es muy fácil coger cariño a los más pequeños, y agradecen cada minuto que pasan con todos: “Con los juegos ellos disfrutan y nosotros también, cualquier cosa que hagamos parece una gran cosa”, dice.

Hay usuarios, como Maria Sobregrau, quien explica que a ella le gusta ir por libre y salir a pasear por su cuenta, pero que esta semana es especial. “Me gusta mucho los niños, disfruto mucho y si les puedo ayudar, mejor”, dice emocionada.

Greta y Noa son dos de las niñas que participan en el casal. Greta lleva tres veranos, para estar en compañía de su tía abuela, Encarna Rodríguez, que disfruta mucho de la estancia de la niña. “Se lo pasamos muy bien, les hacemos felices, y me gusta verlos así”, dice Greta.

Los niños toman las actividades como un juego más, pero en la práctica es un ejercicio pensado para que los abuelos ejerciten sus articulaciones. Pero no todo es movimiento, también hay momentos para la conversación, instantes que tanto unos como otros valoran mucho: “Ellos nos cuentan cosas que hacían de pequeños y aprendizajes que hicieron, y así nosotros aprendemos, ya la vez ellos aprenden de nosotros”, detalla Noa.

Sin embargo, el final de la semana no será un punto y aparte. Abuelos y niños guardarán los días compartidos, pero también la ilusión de volver a verse, ahora ya en los horarios de visita habituales, y mejor aún, pensar ya en los días que faltan para poder volver a vivir una semana completamente diferente a la residencia.



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