
¿Y si lo mejor del verano no fuera lo que planificamos?
Llega el verano y, con él, una pregunta que muchas familias se hacen sin decirla en voz alta: ¿cómo lo haremos para llegar a todo? Trabajo, niños, tiempo libre, logística… Y sin apenas darnos cuenta, entramos en una dinámica de querer llenar los días para que “todo funcione”. Pero, y si nos detuviéramos un momento a pensar… ¿Hay realmente llenar el verano… o es necesario aprender a vivirlo?
Vivimos en una sociedad que asocia un buen verano con actividad constante: casales, viajes, experiencias, propuestas… Y todo esto puede ser enriquecedor. Pero también puede esconder una incomodidad: la dificultad de aceptar el vacío, la pausa, el no hacer. El psiquiatra Daniel J. Siegel recuerda que los niños necesitan espacios de calma para integrar lo que viven y desarrollar su capacidad de autorregulación. Y entonces la pregunta es inevitable: ¿estamos ofreciendo estos espacios… o los estamos evitando?
Los momentos más sencillos son a menudo los más significativos. Leer juntos, cocinar sin prisa, hacer una manualidad, regar las plantas o salir a andar por el barrio. No parecen grandes experiencias, pero construyen algo mucho más profundo, el vínculo. El psicólogo John Bowlby, padre de la teoría del apego, defendía ya que la seguridad emocional de los niños se construye a través de la presencia real de los adultos. Y esto nos lleva a una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿cuánto tiempo de calidad comparto realmente con mi hijo… sin distracciones, sin prisas, sin pantallas?
Sabemos que la realidad no es ideal. Las jornadas laborales siguen, el cansancio pesa y la conciliación no siempre es fácil. Pero quizá el cambio no sea hacer más, sino estar mejor. Hacen falta horas… ¿o hace falta una presencia más consciente, aunque sea en pequeños momentos?
También es en verano cuando aparece una gran oportunidad educativa, dejar espacio para que pasen cosas. El aburrimiento, a menudo tan temido, es en realidad una puerta a la creatividad, a la iniciativa ya la autonomía. Pero esto implica una decisión adulta, no intervenir constantemente, no resolverlo todo, no llenar la agenda del niño. Y aquí quizá deberíamos preguntarnos: ¿estoy ayudando a mi hijo a descubrir el mundo o le estoy evitando cualquier vacío para que no se aburra?
Hablamos a menudo de cambiar, mejorar la relación, tener más paciencia… pero los cambios no llegan solos. Un largo camino comienza con un primer paso, sí. Pero este paso sólo tiene sentido si tenemos claro hacia dónde vamos. ¿Qué verano quiero construir con mi hijo? ¿Y qué estoy dispuesto a hacer hoy mismo para empezar?
Una idea práctica para hacerlo posible es poner fecha y hora a lo que queremos compartir. En Hábitos atómicosJames Clear explica que los hábitos funcionan mucho mejor cuando concretamos el momento: “Lo haré este día, a esa hora y en ese sitio”. No es lo mismo decir “ya leeremos juntos algún día” que decidir: el martes a las 20:00, en el sofá, leemos diez minutos juntos. Esa concreción, lo que él llama intenciones de implementación. Reduce la indecisión y aumenta mucho la probabilidad de que ocurra de verdad. Puede parecer pequeño, pero es ahí donde comienzan los cambios reales.
Más aún, el propio autor insiste en una idea clave, empieza pequeño, pero empieza. Aunque sólo sean cinco minutos, dar el primer paso genera inercia y facilita que al día siguiente le dediquemos más tiempo. Porque a menudo lo más difícil no es continuar, sino empezar. Y aquí aparece otra pregunta importante, ¿qué pasaría si hoy, con el poco tiempo que tienes, hicieras ese primer pequeño momento de calidad con tu hijo?
Porque, al final, el verano no es sólo un tiempo libre entre cursos. Es un espacio privilegiado para educar sin prisas, para mirar más, para escuchar mejor. Y esto no depende del presupuesto, ni de las actividades, ni de los planes… sino de nuestra forma de estar.
Y quizás todo se puede resumir en una idea sencilla pero exigente: “Los mejores recuerdos de la infancia no provienen de las grandes actividades, sino de los momentos en que los niños se sienten realmente vistos, escuchados y queridos”. Adaptado del pensamiento de John Bowlby.
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