“Amarga Navidad” de Pedro Almodóvar – LIBRERIA DE LA IMAGEN


El último largometraje de Pedro Almodóvar se adentra en los pliegos de la creación literaria utilizando el melodrama familiar como simple carcasa formal. La historia de Elsa (Bárbara Lennie), marcada por una pérdida que paraliza su entorno, se esboza inicialmente en un relato de cierre y reconciliación navideña. Sin embargo, el guión da un giro cuando la identidad de la voz narradora se desplaza hacia Raúl (Leonardo Sbaraglia), revelando que todo el tejido dramático que el espectador consume de forma directa es, en realidad, el proceso de redacción de una novela en tiempo real.

Este dispositivo pone sobre la mesa un debate en torno a la apropiación de la experiencia ajena, de las fuentes a las que puede recurrir el escritor para crear, para llevar la obra a su catársis. Almodóvar utiliza el salto temporal entre los recuerdos del año 2004 y la realidad del año 2025 para interrogarse constantemente por la validez de la memoria modificada por la escritura. Se está dibujando un arquetipo del genio del séptimo arte profundamente contemporáneo; obsesivo, distante, mediocre e inevitable.

La puesta en escena, pese a mantener la pulcritud y el diseño meticuloso habituales del director, se pone en esta ocasión al servicio de una frialdad reflexiva. Los espacios en los que transcurre la acción funcionan como escenarios mentales antes que como espacios habitables, reflejando el aislamiento de los personajes.

La película se convierte, pues, en una nueva obra maestra del director español – contra todo pronóstico, nos recuerda más a la genialidad de “Dolor y Gloria” que a la sobriedad de “La Habitación de al lado”. Y es que, lo que la convierte en una pieza de ese nivel, es su capacidad para cuestionar la ética del autor. En lugar de buscar la catarsis emocional del espectador a través del sufrimiento de Elsa, el texto se interesa por la frialdad casi quirúrgica con la que Raúl observa y documenta ese dolor para convertirlo en material estético.

Es aquí, en este diálogo tácito y frívolo, donde se produce la fricción que hace que Amarga Navidad adquiera su verdadera dimensión literaria. Lennie y Sbaraglia sostienen un duelo interpretativo basado en el texto, donde cada palabra mide el límite de lo que se puede decir en público y lo que debe reservarse para la intimidad. La película cierra sin concesiones sentimentales, consolidándose como uno de los ejercicios más cerebrales y depurados de la filmografía reciente del director. Recomendable y necesaria.



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