
Unos hechos que han traído cola

El Relato
Elsa Corominas
Ella: Fue uno de esos días después del confinamiento en el que las normas y los límites cambiaban casi cada semana. Recuerdo muy bien la sensación liberadora ya la vez arriesgada de ir saliendo del estricto confinamiento en casa, ir recuperando espacios y posibilidades pero con el peligro de coger el virus y volver a ser recluida o peor, sufrirlo de manera grave e incluso irreversible. Quien más quien menos conocía a alguien que había sido hospitalizado, o casos más dramáticos…
Él: Cierto, eran aquellos días tan cambiantes en las normas, con temores continuos y decisiones sobre si acatar o no su desempeño. Me hace gracia recordar cómo descubríamos aspectos de nuestro carácter que ignorábamos, o del de los demás, que si vacunas sí o vacunas no, que si yo las pongo todas a los hijos pero ésta no, que si yo salgo a pasear fuera de los horarios establecidos, que si la recomendación de llevar mascarillas me parece exagerada… ¡todo el mundo decía la suya!
Ella: Sí, impresionaba descubrir la mayor o menor aversión a los riesgos de cada uno, incluso nos sorprendía cómo gente muy cercana reaccionaba con miedos o atrevimientos inesperados. Tengo un muy buen amigo que se quedó encerrado en casa durante todo el estricto confinamiento y luego ya no recuperó la capacidad ni el placer de socializar, se mantiene aún tan aislado como puede.
Él: ¡Le pasó a mucha gente esto! A niños y niñas también… Después había quien había sufrido gravemente los efectos del contagio con hospitalizaciones, intubaciones laríngeas, secuelas graves o pérdidas de gusto y olfato. Estas personas diría que son las que más han tardado en recuperar la normalidad, ¡si es que existe una normalidad! Ja, ja, pero nos estamos desviando del tema, ¿no?
Ella: ¡Sí, sí, vamos a los hechos! El caso es que a mí me gusta mucho ir al teatro y sufrí mucho no poder ir durante el confinamiento. Recuerdo que veía emocionada las sesiones especiales que el Cirque du Soleil ofrecía por televisión, me saciaban un poco las ganas de espectáculo en vivo! Y, claro, en cuanto abrieron los teatros volví a ir.
Él: Yo no soy tanto de teatro como ella, pero mira ese día, dudando entre cine y teatro, me lancé sin saber qué iba a ver. Era cuando nos sentaban con dos o tres asientos vacíos entre persona y persona, y mascarilla, ¡claro! ¡Lo piensas ahora y parece de una película de ciencia ficción! ¡Y ella se sentaba justo delante de mí, con la de espacios vacíos que había!
Ella: Sí, no sé cómo asignaban las butacas, pero el caso es que cuando el chico de atrás me pidió amablemente que si podía cogerme el pelo en una cola estuve a punto de decirle de todo. ¡Qué comentario más descarado! ¿Por qué no cambiaba de sitio? ¿Qué se había creído? Pero el caso es que al verle los ojos por encima de la mascarilla, me atrapó…
Él: Ja, ja, sí tú, ¡qué entrada la mía! Yo pensé que qué barra aquella chica de melena abundante y despedazada de no pensar en el pobre espectador que le había tocado detrás, ¡mira que éramos pocos, y que había espacio! Pero mientras le sugería que se hiciera una cola caí también rendido a su mirada y su cadencia armónica al girarse…
Ella: Total que sí, claro, me hice una cola, más bien un moño, para no molestarle nada y ¡ya no me lo saqué de la cabeza! Diría que incluso notaba su respiración en la nuca, a pesar de la mascarilla, ¡qué nervios, qué mariposas en la barriga!
Él: ¡Qué gracia, yo estuve igual durante toda la función, claro, sólo tenía ojos para ella, que me tapaba la escena no por el pelo sino porque me había cautivado! Pero los hechos en sí ocurrieron al salir del teatro, era tarde, bueno, en términos del toque de queda, que estaba a las diez.
Ella: ¡Qué fuerte las diez! Quedaban veinte minutos y llovía a cántaros, ¡cómo llovía! ¡Era imposible respetar la norma! En la calle y viendo la hora, le dije que compartir taxi…
Él: Y al acercarnos ya sin mascarillas empezamos a besarnos desaforadamente, una locura, en un portal oscuro y con la cortina de lluvia que lo tapaba todo… ¡Durante horas!
Ella: Creo que era la una de la madrugada cuando nos detuvieron, tres horas, ¡qué delirio!
Él: Comisaría, multa gorda, hacia casa empapados… ¡Pero el delirio entre nosotros sigue!