
Atlántico
Sarrià Blues
Aitor Romero Ortega
Cuando todavía no existían las redes sociales ni nada parecido yo pasaba los veranos de mi infancia en Galiciade dónde está mi padre. Al volver a Barcelona y ver las fotos de las vacaciones de los amigos me daba cuenta enseguida de que mi universo veraniego era otro. El paisaje y los colores eran muy distintos, azules de tonalidades casi opuestas. El de mis amigos era mediterráneo, el nuestro era atlántico.
He recordado ahora, hace poco, esa sensación al ver Romeríala última película de Carla Simón. En todo momento se percibe la luz de un azul metálico que llena todas las escenas, la luz de la Ría de Vigo, la misma que llenaba mis veranos gallegos, mis veranos atlánticos, tan alejados del ideal clásico de la belleza mediterránea.
Hace unos meses, leyendo un ensayo de Susan Sontag sobre el cine de Jean-Luc Godard me desquició una idea que la ensayista neoyorquina destacaba sobre las películas del francés. Según ella, todo su cine se fundamenta en rechazar la idea más o menos aceptada por todos de que una película consiste básicamente en una narración con fotografías en movimiento, y donde el lenguaje verbal está siempre supeditado a estas imágenes, en forma de diálogos o de una mínima narración en off. Según Godard, nos dice Sontag, es en realidad el texto y su relación (no siempre coherente, no siempre evidente) con las imágenes, lo que acaba haciendo un producto artístico transformador. Por eso a menudo se ha criticado que en las películas de Godard se hable demasiado, así como el uso indiscriminado que hace de una voz en off que lee textos filosóficos, y hace preguntas abstractas o comentarios sofisticados.
Me ha gustado mucho el uso que hace Carla Simón en su película de una voz en off que va leyendo fragmentos de un diario de juventud (párrafos cortos, incisivos, decididamente poéticos en su antipoesía) y que tienen una relación con las imágenes que van pasando no siempre fácil ni directa. En muchos sentidos, podríamos decir que tienen, incluso, una relación tensa. Debemos estar siempre atentos para seguir el hilo de la película, para no perdernos, porque en muchos momentos parece que el texto y las imágenes no casen del todo bien, o que no lo hagan al menos de forma trivial, uno no es el accesorio del otro, sino que son dos lenguajes autónomos que dialogan a su manera, haciendo cada uno la guerra por su parte.
Me gusta esta posibilidad de perderme dentro de una película o de un libro y que no me estén cogiendo de la manita todo el rato para contármelo todo de arriba abajo. En este sentido, y los ya mencionados, parece ésta una película muy francesa en su sutileza, en su inteligencia, y es difícil no pensar en Godard o sobre todo en Rohmer.
La casualidad quiso que viera Romería con mi padrecon quien casi ya no veo películas. Había venido a pasar unos días a mi casa. No sé si siguió todo el hilo, si percibió todos los matices. Seguramente yo tampoco. En fin, no hablamos demasiado profundamente al final, ni al día siguiente. El nivel de las conversaciones que mantenemos hoy es muy superficial. Supongo que es cuestión de la edad y de la tristeza que le acompaña.
En cualquier caso, me pareció que al encontrarse en la pantalla con ese azul atlántico y con el paisaje industrial y familiar de la Ría de Vigo se le removió algo. Seguramente pensó también en mi madre, que mucho antes de ser su esposa, cuando era muy joven, dejó Zaragoza para trabajar en el hospital de Vigo. Fue su primer trabajo. Y ahí fue feliz de la única manera de que seguramente se puede ser cuando tienes cerca de 25 años.
