
El palmito: una palma tímida y enamoradiza
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Los Jardines Insólitos
Ignasi Viladevall
En todas las tradiciones la flor representa el evento amoroso. Las flores no son más que órganos sexuales ávidos de necesidades. Las cosas como son, la sexualidad nos alivia porque se encuentra en la base de la vida. Para las flores no existe el amor como tal, les impulsa una casualidad, una combinación de circunstancias producidas por el viento. Parece natural echar una mano al azar eólico intercalando un palmito de pie masculino entre varios ejemplares de hembra; con un palmito macho se polinizan varios palmitos de pie femenino. Unos y otros bien juntos para que la polinización se produzca de forma natural por medio del aire. Los androceos deben volar ágiles y ligeros hacia la morada de los gineceos. El movimiento es el del elemento masculino hacia el femenino. Ellas, a lo sumo, nos ponen la miel en la boca.
Ponemos en escena las nupcias de las flores, la cesión del polen a los óvulos. Mañana de viento de chaleco, un poco de bochorno. Golondrinas que chillan por los cielos; “golondrina llegada, invernada terminada.” Prestamos atención: una colonia de palmitos floridos en un suelo arenoso abarrotado de sensualidades. Varias hembras, y un macho, al que le gustan todas pero no se atreve a decir nada; es exactamente así. Las flores masculinas nacen con seis estambres de filamentos cortos, y las femeninas con el pistilo formado por tres carpelos. Unas a otras se dicen cosas que no se pueden entender. Se miran sin parpadear, paros de demasiado amor. De repente, la escena da un giro: los estambres sienten deseo de conquista y se les despierta un anhelo implacable. Callan porque no saben decir lo que quieren decir.
La espera incrementa el deseo. Hablan con un ademán inquieto; la conversación hace hervir las piedras. Los elementos femeninos piensan en voz alta. Dicen: “¡Venga!” De repente los estambres cargados de polen se presentan con el aspecto de las grandes solemnidades. Si alguna vez hubo una planta que entendió lo que pudo ser el primer segundo de la vida del universo, éste es el palmito. Las brisas marinas recogen el polen de las cápsulas florales y lo transportan con conmovedoras sacudidas. Es un instante casual. No siempre hay suerte; el destino es voluble, el viento es inconstante. El encuentro nupcial depende sólo del azar. A menudo los sueños que vuelan por el aire se desvanecen como una bombilla de jabón.
Seguimos mirando las cosas con ojos humanos. Al florecer, todo esto pasa por el tamiz de una esencia poética y, sonando como un divertimento de Haydn, se parece a la felicidad. Cuando los corpúsculos de polen se han reunido sobre el filamento del ovario emitiendo una protuberancia, el proceso de la fecundación se hace realidad. Y de la vaina, la semilla, donde se encuentra la planta en miniatura del mañana, el preciado embrión, expectante, enamorado de su destino. En otoño, el fruto amarillo rojizo toma iridescencias doradas, como gotas de miel. Muchas veces las cosas ocurren como las imaginamos.
