
Compañeros de viaje – CorAvant
No recuerdo cuándo tomé conciencia de mi compañera de viaje. Siempre ha estado conmigo. Cuando ha sido benévola, su presencia ha sido imperceptible. Extremadamente discreta. Apenas un recuerdo fugaz que me esforzaba rápidamente por intentar ignorar. Con los años, se ha convertido en una presencia insolente, extremadamente molesta, con la que me he acabado reconciliando pese a rabietas intermitentes cada vez que se manifiesta más de la cuenta.
Cuando somos jóvenes, queremos pertenecer al grupo y ser aceptados por nuestros iguales. Hacer lo mismo que “todo el mundo”. Desgraciadamente, todavía no somos conscientes de que no hay un “todo el mundo” y que cada uno hace lo que buenamente puede, tenga o no una compañera de viaje que preferiría no tener. En cualquier caso, cuando somos jóvenes, suele ser un mal momento para pensar en lo que nos hace diferentes. Y menos si es una compañera invisible. Mejor pues, hacer ver que no existe, a pesar de los riesgos que esto puede acarrear…
Amenaza silenciosa
Con la edad, tomamos conciencia de que una cardiopatía es mucho más que un estorbo pasajero. Hemos aprendido a superar, aceptar o evitar los límites que nos marca. Su molesta presencia puede llegar a atormentarnos porque amenaza con estropearnos el viaje en cualquier momento. En todo momento, quiere marcar el paso. Nos recuerda que nunca nos abandonará. Incluso puede darse el caso de que deje de ser una amenaza silenciosa. Quizás la podamos oír cada noche cuando nos estiremos y paramos la oreja, si tenemos la mala suerte de que haya un silencio absoluto y estemos suficientemente desvelados y concentrados. Podremos sentir su insolente pero a la vez tan imprescindible tic-tac-tic-tac…
En mi caso, no sólo ha dejado de ser silenciosa. La insolente, incluso ha invitado a unos amigos. Ha exigido varias puestas a punto y ya no está sola. A la cardiopatía le acompañan una nueva válvula de trinca, medicación de por vida, controles regulares y un desfibrilador. ¡Ya estamos todos! Con un poco de suerte, será un grupo bastante bien avenido durante muchos años. Basta con seguir una serie de pautas y confiar en la ciencia. Después de todo, gracias a estos acompañantes, a veces muy pesados, tenemos la suerte de poder seguir el viaje. El reto es aprender a disfrutarlo a fondo.
Los compañeros de viaje son fundamentales para disfrutar el trayecto. Hay quien tiene un amigo que se llama Blai o que se llama Rai. En mi caso, se llama Dai. Se ve que el nombre completo es Desfibrilador Automático Implantable. Pero en casa nunca le decimos así. Como yo, parece que somos miles de personas que cada año tenemos el gusto de conocer el Dai. Y la cifra no deja de crecer: En los últimos seis años se ha pasado de 7.000 a casi 9.000 personas a las que se les implanta cada año un desfibrilador en Españasegún la Sociedad Española de Cardiología.
Guardahombros de bolsillo
Hay quien ni siquiera le nota. Si eres escardalense como yo, puedes intuirlo bajo la piel y tienes que vigilar cuando te pones el asa de la mochila. Pero no me genera ninguna gran molestia. Es un compañero de viaje bastante agradecido. Es literalmente un guardaespaldas de bolsillo. No lleva vestido negro y corbata, ni gafas de sol como los guardaespaldas de las películas, pero te vigila y te protege mucho mejor. No tiene horarios e intenta pasar desapercibido. Solo te pide alejarte de los campos magnéticos. No le gustan los teléfonos en los bolsillos delanteros, ni las resonancias magnéticas ni las cocinas de inducción. Después de todo, siempre he sido más partidario de cocinar con gas. Los controles regulares ya los llevaba yo de serie, así que bastaba con añadir una parada más a boxes.
Pese a respirar tranquilos porque nos acompaña un guardaespaldas de última generación, tampoco es para celebrarlo. No nos engañemos. ¡Qué más quisiéramos que no estuviera allí, que nos dejara tranquilo porque no lo necesitamos! Pero hay cosas que no podemos elegir. Más vale acostumbrarse. En mi caso, el Dai también ha venido para quedarse. Mi cerebro se pone en alerta y todo el cuerpo se tensa cada vez que veo un arco de seguridad: en los aeropuertos, juzgados, grandes empresas… Hay más de lo que creemos. En cualquier caso, por ahora, los he ido esquivando todos y he podido coger aviones y entrar en todas partes. Y siempre, vigilado de cerca por la compañera de viaje más fiel.
¡Suerte de la ciencia!
La cardiopatía estará hasta el final del trayecto. Quizás de forma más o menos discreta, fijando límites mayores o pequeños. Su presencia nos hace ser muy conscientes de la importancia de vivir plenamente en cada momento. Por suerte, también pueden acompañarnos en el viaje el Dai, las pastillas, las revisiones, el personal médico… Todos ellos, nos hacen el trayecto mucho más agradable. ¡Suerte tenemos de la ciencia! Nunca lo diremos lo suficiente. Hay que reivindicarlo, especialmente ahora que el terraplanismo gana terreno.
Por suerte también hay otros compañeros de viaje imprescindibles y dispuestos a hacernos la vida más amable. Personas con las que podemos sentirnos reflejados, personas de las que podemos aprender y que pueden ayudarnos. Pienso en otras personas con cardiopatías congénitas o adquiridas y, especialmente, en asociaciones de afectados y familiares, como CorAvant. Sus trabajadores y voluntarios son compañeros de viaje que realmente vale la pena conocer.
Carlos Prats Padrós
Presidente de la Fundación CorAvant