
No dejan de ser violencias sexuales
Las violencias contra las mujeres son la expresión más grave y demoledora de la cultura machista. Son unas de las manifestaciones más extremas de desigualdad, abuso de poder y de dominación de los hombres sobre las mujeres, adolescentes y niñas cis, trans y cualquier otra identidad del espectro no binario. Es un fenómeno que nos afecta de forma transversal; un problema social, colectivo y político, que encuentra sus raíces en la estructura patriarcal que afecta a las relaciones, la construcción social del género y las instituciones.
En la sociedad patriarcal en la que vivimos los estereotipos resultantes de la construcción social del género y las desigualdades que se derivan de ellos se han naturalizado y se reproducen múltiples violencias contra las mujeres. Las violencias sexuales son una de las formas más graves y con mayor impacto, convirtiéndose en una vulneración de los Derechos Humanos.
Las violencias sexuales no son hechos aislados. Para entenderlas, nos situamos en el concepto de continuum de la violencia sexualen el que hay una progresión desde la desvalorización (comentarios y conductas sexistas, chistes, gestos, miradas, insinuaciones y conductas de seducción fuera de lugar u ofensivas, proposiciones, peticiones de salir repetitivas e insistentes…) hasta la agresión sexual. (Bosch y Ferrer, 2000:70)[1]. La noción de continuum ayuda a visibilizar la permanencia y la sistematización de la violencia en la vida de las mujeres en el ámbito particular, pero también como colectivo ya lo largo de la historia.
Así, en el ejercicio de las violencias sexuales se ponen en marcha todos los mecanismos de poder y de desigualdad hacia las mujeres, atacando a uno de los pilares de nuestras vidas, el cuerpo y la sexualidad y que implica la transgresión de los límites íntimos y personales. Además, la perspectiva feminista interseccional nos permite comprender cómo las diversas opresiones atraviesan las violencias sexuales, determinan la experiencia y la vivencia de las mismas y dificultan el acceso a los recursos específicos.
Identificar cualquiera de las formas que puede tomar esta violencia es el primer paso para empezar a adquirir herramientas y estrategias frente a ellas. Pero sabemos que las violencias sexuales son una de las violencias más naturalizadas, invisibilizadas y silenciadas, puesto que a su alrededor se han construido múltiples mecanismos de ocultación que nos impiden poder identificarlas.
El sistema patriarcal y la cultura de la violación sólo legitima una de las manifestaciones de las violencias sexuales: las agresiones sexuales en el espacio público por parte de desconocidos. Pero incluso cuando se trata de estas situaciones de las que el sistema nos alerta, la responsabilidad de sufrirlas acaba siendo nuestra: por ir solas de noche, por haber bebido, por pasar por una calle oscura, por vestir de una manera determinada.. Sólo se nos enseña a tener miedo, se nos culpabiliza de lo ocurrido y en ningún caso se nos proporcionan herramientas para combatirlas.
Además se espera de nosotros que respondamos de una determinada manera por ser creíbles: luchar con el agresor, defendernos, presentar heridas físicas y traumas psicológicos posteriores. Se espera de nosotros que quedemos marcadas, rotas, manchadas e impuras para siempre. En definitiva, es necesario cumplir una serie de requisitos para que socialmente se nos reconozca como víctimas y la situación vivida como violencia sexual.
Es necesario ampliar el imaginario de las violencias sexuales y romper con la idea de la “buena víctima”. Creemos imprescindible legitimar todas las respuestas y reacciones emocionales de las mujeres frente a las violencias sexuales así como desnaturalizar y visibilizar sus múltiples manifestaciones. Cambiar los imaginarios sobre las violencias sexuales es imprescindible para sensibilizar y prevenirlas, autoidentificarlas, erradicarlas, y sobre todo para girar el foco de la responsabilidad hacia quien las ejerce y no sobre quien las sufre.
Las violencias sexuales pueden venir por parte de desconocidos, pero queremos visibilizar que estas violencias también se ejercen – y mucho más – por parte de la pareja, de un amigo, un familiar, un compañero de trabajo o de clase, un profesor, un vecino… Sea quien sea, no dejan de ser violencias sexuales.
Las violencias sexuales se pueden producir en la calle de noche, pero también en nuestras casas, en el trabajo, en clase o en el transporte público… Pasi donde ocurra, no dejan de ser violencias sexuales.
La violencia sexual tiene que ver con un ejercicio de poder y de dominación. Cualquier actitud o acto de naturaleza sexual que te haga sentir incomoda, que sientas que invaden o acceden a tu cuerpo sin tu consentimiento, o que te sientas obligada, presionada o forzada a realizar, es violencia sexual. Son actos que van desde la violación hasta que te hagan comentarios sobre tu cuerpo, te acosen por la calle, te cojan por la cintura cuando tú no has dado permiso, accedas a tener prácticas sexuales no deseadas o bajo la imposición de otras personas, o que no puedas utilizar un método de protección o se quiten el condón sin tu cono. Aunque esté normalizado, no dejan de ser violencias sexuales.
Vivir una situación de violencia sexual a menudo puede suponer un hecho traumático y con mucho impacto emocional y psicológico. Aún así, las reacciones ante la vivencia de una violencia sexual pueden ser múltiples y diversas, y puede afectar a esferas de la vida diferentes y con distinta intensidad en función de cada persona. Lo vivas como lo vivas, no dejan de ser violencias sexuales.
El abordaje de las violencias desde la perspectiva feminista nos proporciona el marco para entender y poner en el centro a la persona que ha vivido la situación de violencia. Para acompañarla en su proceso de recuperación y reparación dándole agencia, no juzgándola, respetando sus ritmos y decisiones, y dándole el espacio que necesita. Pero esta reparación nunca puede limitarse al plan individual. Es necesario exigir el derecho a la reparación de los daños ocasionados, más allá de lo individual, señalando la importancia y necesidad que tiene la reparación en el ámbito colectivo y público. Reparar el daño pide transformar la realidad para que éste no se pueda volver a dar, cambiando las condiciones sociales y estructurales que generan, permiten y perpetúan estas violencias. La vulneración del derecho a la reparación de las violencias sexuales es violencia institucional.
Vengan de donde vengan, sea quien sea, pasen donde pasen y aunque estén normalizadas, no dejan de ser violencias sexuales, ¡y las tenemos que detener juntas!
[1] Bosch i Ferrer (2000): Acoso y violencia de género, Palma: Documenta Balear
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